La gran mayoría de alemanes que vivieron en el III Reich eran buenísimas personas, seguro, pero en 1938 creían que Hitler era el mejor dirigente que habían tenido nunca y se convencieron de la supremacía aria. Hasta los austríacos votaron en un 99,73 por ciento a favor de su integración en la Alemania nazi.

 

 

Eran otros tiempos y otras circunstancias, lo sé, pero sólo una minoría de alemanes, como Willy Brandt, combatió aquel régimen, al precio, incluso, de cambiar de nacionalidad para poder hacerlo. Luego, tras la derrota militar en 1945, resulta que nadie había sido nazi en Alemania.

 

Lo más grave de cualquier idea de supremacía (étnica, religiosa, política…) es su capacidad de seducción: desde el supremacismo blanco de los racistas norteamericanos, hasta el islamista del Daesh. Y lo peor del actual (y masivo) independentismo en Cataluña es que se ha construido en gran parte sobre la creencia de su superioridad sobre otros sentimientos e identidades: concretamente, de la española, de baja calidad moral, política, histórica,… según él.

 

Todos, y ninguno, somos culpables de la existencia de estas emociones, agravadas cada día que pasa y exacerbadas tras los episodios programados del 1-O. Posiblemente, dentro de una o dos generaciones, cuando las circunstancias vuelvan a ser muy distintas, nadie recuerde sus emociones de ahora e incluso las niegue. Pasó lo mismo después de 1975 con muchos consentidores (y hasta entusiastas) del régimen de Franco.

 

Lo más desconcertante, para mí, no es eso, sino la reiterada creencia de la burguesía catalana de que puede encauzar un proceso que, al igual que en la etapa de la Guerra Civil, puede acabar en manos de unos radicales que acabarían por arrinconarlos. Ocurrió entonces y puede volver a suceder ahora, dado que los activistas de la CUP vienen a ser los herederos antisistema de los Ascaso y Durruti de aquella época.

 

Eso demuestra lo efímero y fugaz de las emociones supremacistas: que lo que es un sentimiento de superioridad para unos es usado por otros para obcecarles y llevarles así a su perdición. En cualquier caso, estamos hablando de profundos sentimientos de amor y de odio en sustitución de la racionalidad que debería ser la única que rigiese siempre todas nuestras actuaciones políticas.

 

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