Ahora que las redes sociales están inundadas de psicópatas que las llenan de barbaridades, insultos y mentiras, los periodistas de siempre (al menos, un servidor) tenemos un respeto mayúsculo a escribir, un respeto rayano en el miedo.

 

 

Resulta que nosotros sólo podemos opinar según unas directrices basadas en lo políticamente correcto. Salirse de ellas supone ser considerado como un retrógrado, un facha o un imbécil, caracterizaciones todas ellas que nadie desea.

 

Un ejemplo muy sencillo. En el balcón del ayuntamiento de mi pueblo ondean, como es lógico, la bandera local, la provincial, la autonómica, la de España y la europea, aunque por encima de todas, a un tamaño gigantesco, la arcoíris. O sea, que los habitantes del municipio somos todo lo antedicho, pero más que nada gais. Nadie se atreve a quejarse de esa enseña omnicomprensiva para no quedar marcado por la ignominia. No les cuento, en cambio, las protestas que habría si se instalase un distintivo del Corpus Christi, la División de Infantería o hasta la de los Amigos del Flamenco: todo un escándalo.

 

En eso, les digo la verdad, algunos teníamos más cintura cuando la dictadura del mismísimo Franco, porque entonces, aunque nuestra ficha policial nos calificase como peligrosísimos subversivos, sabíamos escribir entre líneas y esquivar así a los inútiles funcionarios de la censura política.

 

Ahora, en cambio, y tras la magnífica eclosión de libertades durante los últimos cuarenta años, algunos volvemos a sentirnos acobardados: nadie puede sugerir, por ejemplo, que los convulsos países árabes quizás vivían menos mal bajo los represivos regímenes laicos que ahora, que no todos los refugiados musulmanes son unas hermanitas de la caridad, que ir de testigo a un juicio por corrupción no es igual que sentarse en el banquillo por corrupto, etcétera, etcétera.

 

Todo eso puede ser verdad o no, o al menos debería ser discutido. Pero no. Uno siente que todo lo que se dice en ese sentido enseguida es objeto de descalificación, pero no de análisis; de persecución, pero no de reflexión ponderada y serena. Por eso, ante tanta censura social de lo políticamente correcto, a uno se le quitan las ganas de escribir, aunque, por suerte, todavía no de reflexionar.

 

Ya me dirán.

 

 

 

 

 

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