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El reiterado terrorismo islámico ha evidenciado las carencias del Gobierno de Theresa May en materia de seguridad. No son las únicas, por desgracia para ella. La inanidad política de la líder conservadora, que no se parece en nada a Margaret Thatcher, como pretendieron colarnos sus valedores, ha provocado que su ventaja preelectoral de veinte puntos sobre el laborismo haya queda reducida a sólo cinco en pocos meses.

 

Gran Bretaña no es España, por supuesto, ni sus fuerzas de seguridad tienen la triste experiencia de las españolas, no ya tras los brutales atentados islamistas de Madrid en 2004, sino antes, con el terrorismo etarra. En España, además de la acción policial preventiva, de la infiltración en las redes terroristas, de detenciones precoces, de la ayuda clave del Gobierno de Marruecos, de una menor densidad de inmigrantes y de una mayor integración social de éstos, la modesta y eficaz actuación de las fuerzas del orden consigue pasar inadvertida. Justo lo contrario que las británicas.

Pero no se trata solo de eso. La política errática de la señora May, buscando afianzarse dentro de su partido y no en el conjunto de la sociedad británica, le ha llevado a dar tumbos en casi todos los asuntos y a ponerse en cabeza del Brexit duro, del antieuropeísmo y del aislamiento internacional.

Eso es, precisamente, lo que puede beneficiar a Jeremy Corbyn, quien cuenta ya con el favor de todos los radicales del Reino Unido: su coherencia personal y su europeísmo, en un país amedrentado por el terror, la soledad, la incertidumbre sobre el futuro y la incógnita de las propuestas de los tories.

Todo esto, junto y revuelto a la vez, podría llevar sorprendentemente a un izquierdista al número 10 de Downing Street. Esto no supondría por sí mismo la resolución de los problemas crecientes de Gran Bretaña y de las sociedades democráticas, está claro, sino que incluso podría acrecentarlos.

El triunfo de Corbyn sería el del populismo antisistema, el mismo que con formas diversas anida tanto en Donald Trump y los ultras europeos como en los neocomunistas de ambos lados del Atlántico. Pero es que, en estos extraños, difusos y contradictorios tiempos que corren, cualquier cosa resulta posible de un día para otro.

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