Por Enrique Arias Vega

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La gran mayoría de alemanes que vivieron en el III Reich eran buenísimas personas, seguro, pero en 1938 creían que Hitler era el mejor dirigente que habían tenido nunca y se convencieron de la supremacía aria. Hasta los austríacos votaron en un 99,73 por ciento a favor de su integración en la Alemania nazi.

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Varios amigos, catalanes y no catalanes, que publican en los papeles me han mostrado su desazón por no saber escribir de otra cosa que no sea el intento secesionista en marcha.

 

—Me gustaría reflexionar sobre el paro, los próximos presupuestos, la evolución de la izquierda o el futuro de las pensiones, pero nada: toda mi atención la ocupa lo que pasa en Cataluña.

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Quienes hemos nacido en el País Vasco y hace tiempo que decidimos vivir fuera de él conocemos de primera mano la ruptura social e incluso familiar que conlleva el extremismo nacionalista. Dos generaciones han vivido con la consigna de que el silencio era el mejor antídoto para evitar hasta rompimientos y disoluciones conyugales.

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Una simple mayoría parlamentaria (que no social) aprobó ayer la Ley del Referéndum, con la que pretende la ruptura de España en poco más de tres semanas. Tan segura está de su éxito, que otra Ley, la de Transitoriedad Jurídica, regula cómo será esa Cataluña independiente e idílica el día después.

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El norcoreano Kim Jong-un y el catalán Carles Puigdemont son mucho más parecidos de lo que podría creerse en un principio. El primero supone la mayor amenaza para la paz en el tenso continente asiático, y el segundo, de muy diferente manera, en la amodorrada Europa.

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Hace tanto como en 1973, tomé una foto callejera en Argel (asistía entonces como periodista a la Conferencia de Países No Alineados), en la que una joven maquillada y minifaldera se topaba con una matrona enlutada que sólo dejaba ver una parte mínima del rostro. “¡Vaya —pensé—, éste es el cruce del pasado que se va con el futuro que ya viene!”

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No se puede cuantificar, por supuesto, pero, en estos cuarenta últimos años, periódicos y periodistas pueden haber malgastado (legal o ilegalmente) el equivalente del PIB de todo un año. Una burrada.

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Los Juegos Olímpicos en Barcelona fueron una decisión personal de Juan Antonio Samaranch, a la sazón presidente del COI.

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Ahora que las redes sociales están inundadas de psicópatas que las llenan de barbaridades, insultos y mentiras, los periodistas de siempre (al menos, un servidor) tenemos un respeto mayúsculo a escribir, un respeto rayano en el miedo.

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Los recientes disturbios en Hamburgo por la cumbre del G-20 no son más que un ejemplo del afán de destruir como método de acción política.

 

No hago, al decir esto, un juicio moral sobre la idoneidad de dichas acciones. Cada uno reacciona a su manera ante las posibles injusticias de la sociedad: unos, investigándolas; otros, proponiendo alternativas; el resto, simplemente cabreándose.

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El Estado español ya ha fracasado en Cataluña. Sólo así se explica que donde había un tres o un cuatro por ciento de independentistas hace treinta años, la cifra se aproxime ahora al cuarenta por ciento.

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