Por Enrique Arias Vega

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Me siendo incapaz de valorar el resultado numérico —y menos aún la incidencia política— de la concentración patriótica en Madrid este domingo.

Probablemente tenga razón el titular de portada a toda plana de El Periódico de Catalunya cuando dice: "La derecha pincha", aunque yo le quito la indisimulada dosis de satisfacción de quienes se colocan inequívocamente contra ella. Ya la misma víspera, Anthony Garnet, en una viñeta presuntamente humorística, situaba tras una bandera de España con el lema "Franco & Co.", al dictador fallecido hace 43 años junto a Santiago Abascal, Pablo Casado, Albert Rivera y unos siniestros personajes que podrían encarnar el horror o la muerte.

Hoy día, Pedro Sánchez está empeñado en hacerse amigo imprescindible de todos los separatistas y golpistas que pasan por Cataluña y otros lares, con tal de aprobar así sus Presupuestos Generales y aguantar un tiempo más en el Gobierno.
Él debe saber perfectamente —tonto no es— que los amigos de hoy acaban por convertirse muchas veces en los enemigos de mañana.

La aparición de Vox ha llenado de alborozo a quienes buscaban un partido más de derechas, sin encontrarlo, pero paradójicamente también ha alborozado a cierta izquierda deseosa de tener un enemigo que justifique así, por contraste, sus propios excesos.

Sin quitar ningún mérito al equipo de comunicación de Vox, al partido de Santiago Abascal todos sus enemigos le han hecho una campaña de propaganda que valdría muchísimos millones que no tienen.

A partir del sábado, un nuevo presidente mexicano de izquierdas, Manuel López Obrador, se encontrará con el marrón de los inmigrantes centroamericanos que quieren entrar ilegalmente en Estados Unidos.

El mandatario electo no se ha mostrado nada dispuesto a permitir que continúe una acción que colapse la frontera, le enfrente a Estados Unidos y aumente el tránsito irregular de personas dentro de su país. Para remediarlo, propone una especie de Plan Marshall, como el que propició la recuperación económica de Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

Nuestro Parlamento no es peor que el de otros países de nuestro alrededor, donde también se dicen burradas y hasta se producen actitudes tabernarias en vez de debates democráticos. Pero su actividad aún queda más embellecida por la nefanda práctica de “que no consten en acta” las barbaridades emitidas por sus señorías, como ordenó el miércoles la presidenta de la Cortes, Ana Pastor.

 

 

Una de las muchas leyendas infundadas sobre nuestro país es que aquí todo el mundo echa la siesta. Por eso, los europeos jubilados que se asientan en España en cuanto pueden se suman a lo que ellos creen una tradición nacional.

Vuelvo a España tras un breve período en otro continente y me encuentro un país descuajeringado. Según el diccionario, eso significa “que tiene sus partes flojas y destartaladas por el uso o el tiempo”.

Vaya que sí. Ninguna decisión de autoridad alguna se cumple o se mantiene y el único que sigue inmutable en su sitio es el cadáver de Francisco Franco, que a estas horas debería estar no se sabe dónde.

Lo mejor es que Franco no hubiese existido: nos habríamos evitado cantidad de problemas. Lo malo, en realidad, es que existió y que además ganó una guerra civil. Por eso, con ochenta años de retraso, se trata ahora de revertir una guerra a toro pasado, al menos en el imaginario colectivo, y hasta borrar físicamente al responsable de aquella barbarie colectiva.

Coincidiendo con el Día de la Hispanidad, mis parientes ecuatorianos lamentan el “genocidio” tras el “Descubrimiento”, especulando con lo bien que estarían de no haberse producido aquél.

Curiosamente, quienes más suelen hablar de genocidio son los descendientes de los indios de entonces, sometidos a los retrógrados y crueles imperios maya, azteca o inca, personas que no existirían de haberse producido aquél exterminio o que habrían desaparecido si hubiese continuado la hegemonía de los excluyentes imperios indígenas precolombinos.

Resulta que al final de un larguísimo proceso de quienes se lo llevaron crudo gracias a las tarjetas black de Bankia, sólo dos tipos vinculados al PP no han devuelto el dinero ilegalmente apropiado (aparte de Miguel Blesa, que se suicidó a tiempo para evitarlo).

El miedo de los independentistas catalanes no es al Estado español, al que piensan debilitado y a la defensiva, sino a sus propios paisanos: a los más radicales de los mismos.

Se entiende, entonces, perfectamente, la disensión entre los de Torra-Puigdemont y Esquerra Republicana, lanzados los primeros en una huida hacia adelante y dejando la iniciativa en manos de los radicales de la CUP y CDR, herederos de los anarquistas de Durruti y demás revolucionarios que hace 70 años se cargaban a todo quisque.

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