Y Revilla apagó la luz del secreto.

15 Noviembre 2018  Sección; Opinión 131 votos

Ocurrió en La Sexta el domingo pasado, día 11. En la pantalla, una presidenta y cuatro equivalentes autonómicos. Del PSOE estaban Armengol y Fernández Vara, es decir, Baleares y Extremadura. Del PP, Garrido y López, o Madrid y Murcia. El quinto en discordia era el cántabro Revilla, alguien que suele satisfacer muchas más veces de las que decepciona. Y el convocante, Jordi Évole en su salsa. Si usted pudo ver ese Salvados hasta el final, quizás ya tenga en mente de que va esto.

 

Esta clase de debates, como cuando juntan a varios alcaldes, suelen cursar en plan de guante blanco y, por tanto, resultan aburridos. Por sus cargos institucionales, se espera que cada invitado hable en nombre de los intereses generales de la población que representa, pero bien pronto se les nota que en lo que están pensando todos es en no decir nada que inquiete a dirigentes y votantes de sus respectivos partidos, por este orden. Eso provoca que, de manera casi espontánea, se refugien en el lugar común de quejarse del gobierno central, aunque últimamente con cuidado para no parecer catalanes.

Pero esa noche fue diferente. Confirmando el ambiente de crispación reinante en la monarquía que sigue siendo España, los enfrentamientos fueron la tónica desde el comienzo. Y a miles de telespectadores nos salieron los colores, de pura vergüenza ajena, cuando Garrido, de 54 años y a quien el cargo le ha tocado en la lotería de un master tramposo aderezado con el robo de unas cremas en un supermercado, se atrevió a espetarle en la cara a Revilla, quien podría ser su padre, que tenía que aprender a gobernar bajando impuestos. Y entonces pensé que la mayoría de los jóvenes de veinte saben respetar más y mejor a sus mayores, y hasta les ceden el asiento en metros y autobuses.

Por eso me sorprendió que el mismo Revilla, poco después, despreciara una ocasión de oro para colocar a los demás en una situación comprometida, pues ninguno de los otros se atrevió a pararle los pies al impertinente ese del PP de Madrid.

Resulta que Évole, para terminar el debate, se inventó una más de sus osadías mediáticas. Mientras lenta y ceremoniosamente sacaba de su cartera una provocadora mini urna, reproducción a pequeña escala de las mismas que los catalanes utilizaron para votar bajo amenaza, pero en secreto, el 1 de octubre de 2017, anunciaba con toda solemnidad a sus invitados que iba a poner sobre la mesa un asunto que ya no podía ignorarse por más tiempo en España, el de la forma de estado. Y tras cuando, para “más inri”, regresaron todos del muy calculado corte publicitario, Évole invitó a los cinco a votar en secreto por una de las dos opciones posibles.

Automáticamente, la boca se me hizo agua.

Pero al instante saltó Revilla y nos aguó la fiesta. Demasiado molesto para lo que no era sino participar en el conocido juego social del micro referéndum, manifestó que no, que él no tenía porque ocultar lo que pensaba y que, por tanto, daría su opinión de viva voz, haciéndolo acto seguido y sin respetar el derecho de Jordi a marcar la pauta. Ninguno de los invitados se atrevió a parar los pies al de Cantabria y demostraron, los cuatro más ella, la cobardía de no ser capaces de soportar lo que hubiera sido el conocimiento público de sus propias opiniones libres, que solo pueden inspirar confianza si son secretas.

Ciertamente, lo de menos fue lo que después dijo cada uno para no perder el equilibrio. La Sexta debería repetir la emisión de este programa, y convocar además un debate entre expertos para analizar hasta los puntos y las comas que quedaron “escritos” en el ambiente. Aunque solo sea, constatada una vez más la derrota de la política de categoría por el oportunismo cobarde, para reivindicar el papel de la prensa en una sociedad en la que resulta decisiva para impedir el regreso del autoritarismo. Por si La Sexta no acepta repetir, diré algo.

Primera. Perpetrado el fiasco, nos impidieron conocer si, para ellos, mejor República o mejor Monarquía, pero no en el reino de los cielos, sino aquí y ahora. Hubiera sido lo nunca visto, políticos contestando sin palabras a un periodista y renunciando con ello a su repetitivo abuso de irse por las ramas. Pero no cayó esa breva. Jamás he odiado tanto al cántabro como en ese momento. Y mira que se prodiga en las pantallas.

Segunda. El derecho al secreto del voto es una “institución” inseparable de la democracia, y lo es porque se sabe que los que mandan, desde el nivel básico de quien pretende dominar al otro en una pareja de novios hasta el del gobierno que envía fuerzas represivas contra votantes porque no le gustan ciertas urnas, suponen siempre una amenaza capaz de torcer muchas de las opiniones individuales que no puedan ocultarse. Hoy, en España, el “poder establecido”, aunque agrietado, es monárquico, y los cinco de Salvados necesitaron, cobardes, que ese “poder” supiera que ellos también. La mejor, dentro de la mediocridad general, fue Armengol, que se atrevió a decir “soy republicana”, aunque Évole no pedía un sentimiento personal, sino una solución de Estado para España.

Tercera. Hace cincuenta años Franco aún vivía, y mataba, a pesar de las grietas que, como ahora, se abrían en el régimen. No obstante, los políticos implicados en la dictadura también necesitaban demostrarle cada día al “poder” aquel que siempre serían perros fieles. Y el franquismo, que se había disfrazado con el invento de la “democracia orgánica”, convocaba referéndums a los que la gente acudía en porcentajes de participación cercanos al 100% porque cualquier persona suponía, con fundamento, que pasaría a engrosar el fichero de sospechosos habituales si su nombre no aparecía en las listas de “votantes”. Y, a pesar de que aquellas urnas también disfrutaban del secreto, la gente votaba masivamente lo que Franco quería que votara, para no enfadar de nuevo al poder dictatorial y que le diera por ordenar unas cuantas represiones más, que se sumarían a las “legalmente” establecidas. Y digo “legalmente” porque esta democracia, cobarde hasta la médula, aún no ha encontrado la manera de ilegalizar todas y cada una de las leyes, decretos, sentencias y demás excesos y violencias que se produjeron durante la dictadura. Cierro paréntesis.

Cuarta. Monárquicos por convicción o por conveniencia, o abstencionistas por si las moscas, de las opiniones vertidas por los cinco de “Salvados”, y casi cada día por la mayoría de quienes mandan, se deduce que piensan que en España no viven millones de personas lo suficientemente civilizadas para que este país pueda ser tan republicano como, por ejemplo, lo son el resto de países europeos que bañan sus orillas en el Mediterráneo. Mienten, o como mínimo se engañan a sí mismos, y lo saben. Lo que ocurre en España es que gozan de libertad, protección y privilegio, muchos franquistas muy bien colocados. Sus voceros, políticos y mediáticos de derechas, deseosos de más autoritarismo y menos libertades reales y efectivas, se dedican, masiva y diariamente, también desde los debates en Salvados, a anunciar el peligro que representan los añorantes si este país sigue cuestionando, aunque sea con chistes, sus “principios fundamentales”, sean la tumba monumental de Franco, la unidad a la fuerza o la monarquía heredada y atadora. Aunque saben que sus palabras envalentonan a los peligrosos, lo hacen porque muchos de sus votantes lo son gracias al miedo ancestral que duerme, oculto, en sus circunvalaciones cerebrales, pero que necesitan despertar para conseguir sus apoyos, ahora que vienen urnas.

Quinta. También fue cobarde el moderador, por dejarse birlar su responsabilidad y no atreverse a decirles en ese momento, por ejemplo, esto: “No señores y señora, en esto mando yo, y aquí, o se vota como cualquier persona lo debe hacer ante las urnas, o apagamos y nos vamos, pues no nos interesan sus argumentos de conveniencia para quedar bien con tirios y troyanos”. Y profesionalmente también estuvo errado el periodista. Si se hubiera mantenido firme y les hubiera obligado a votar o quedar mal, aún hoy se estaría especulando sobre quien habría votado qué, y algunos tendrían que dar explicaciones si, por las casualidades que propicia el secreto, los cinco hubieran votado lo mismo.

Pero gracias a que la historia se parece a sí misma, aunque nunca se repita, podemos albergar confianza en el futuro.

A pesar del peligro de muerte que siempre representó el franquismo, el movimiento estudiantil de entonces certificaba que aquella sociedad no cabía en la dictadura. En ocasiones, surgían espontáneas manifestaciones callejeras tras las asistencias a los conciertos que también en Madrid ofrecían Raimon, Pi de la Serra y otros cantantes protesta, la mayoría de habla catalana.

Hoy, los sucesores en las aulas de aquellos estudiantes están convocando referéndums no legales, pero con urnas reales, a celebrar en las próximas semanas para que, quienes lo deseen, puedan votar en secreto a favor de convertir España en República o seguir bajo la Monarquía. Quizás el 9-N y el 1-O de Catalunya son el formato actualizado de aquella Nova Cançó. Hasta el momento, han confirmado la Universidad Autónoma de Madrid, la Universidad de Zaragoza, la Pompeu i Fabra, la de Barcelona, la Carlos III, la Complutense y la Politécnica de Madrid. También la de Vigo y la de Asturias. La carta que acaba de enviar Podemos al emérito Juan Carlos I para que comparezca en el Congreso a explicar tantas sospechas como planean sobre su reinado multiplicarán la participación y el número de universidades, y no solo, que se apuntarán a estas iniciativas. Por mucho que esto interpele a los cinco de Salvados.

Felipe VI y toda su familia tienen que abandonar La Zarzuela y convertirse en uno más pues, con él, España sigue perdiendo prestigio. No es creíble que sea un error del protocolo francés el hecho de que en los fastos del centenario del final de la Primera Guerra Mundial hayan decidido sentarlo junto al turco Erdogan y otros reyes africanos. Qué casualidad, no le ha tocado la compañía de alguno de esos monarcas europeos que tantas veces los políticos españoles más cínicos ponen como ejemplo para justificar una corona tan distinta como la que aquí tenemos.

Esta vez Revilla nos apagó a todos la luz que proyecta el secreto más valioso de cualquier democracia. Nunca se lo perdonaré. Todo cabreo activa la memoria, y este de hoy me recuerda al cántabro en TV hace más de un año y, aunque mantiene su españolidad intacta, la noche del domingo día 11 pude percibir en él mucha más comprensión hacia los catalanes rebeldes. Otro tema para los analistas, si La Sexta se decide a repetir ese “Salvados”. De momento, intuyo que si los catalanes entre rejas siguen privados de libertad cuando Revilla deje de ser presidente, ir a visitarlos será una de las primeras anotaciones en su agenda. Es más, creo que hasta sería capaz de visitar a Junqueras antes de abandonar Peña Herbosa.

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