El catolicismo, tan importante en España, inventó la confesión para borrar el pecado. Además, y para no dejar nada al albur, blindó ese momento con un vínculo de secreto obligado que ha dejado impunes muchos delitos a lo largo de la historia. La cosa se complica, más por miedo que por arrepentimiento, cuando el perjuicio ocasionado a terceros es compartido por varios culpables.

                                 

                                                                     

El 18 de noviembre de 2016 descubrimos la forma en que se había gestado uno de los principales pecados originales de nuestra Primera Transición. Ahora martillea en muchas conciencias con tanta intensidad que periódicamente lo “confiesan” en tertulias y artículos de opinión, cada vez más a modo de excusa. Tras decenios defendiendo “orbi et orbe” las “virtudes” de nuestro aterrizaje en la democracia sin aplicarle a la dictadura las consecuencias merecidas, parece que les tranquiliza el haber encontrado al responsable que consiguió engañar a todos gracias a que dispuso de información privilegiada que ocultó a la sociedad. No deja de resultar paradójico que su último adiós lo fuera tras una larga desmemoria, tan compartida durante los últimos 40 años por la misma sociedad que contribuyó a construir.

Si, ahora qué en Vallecas, de Madrid, se han atrevido, aún no siendo catalanes, con una primera práctica de la libertad de expresión colectiva sobre la forma de estado, es imprescindible recordar que, en 1995, Adolfo Suárez, mientras tapaba el micrófono con sus propias manos, le “confesó” a Victoria Prego que el PSOE andaba presionando en Europa para que exigieran a España un referéndum sobre república o monarquía. Y que como las encuestas privadas pagadas con dinero público le decían a Suárez que saldría república, pues decidió colarlo en el texto de la reforma política que se sometió a referéndum en 1976 que, al igual que el de la Constitución de 1978, a todo aquel que votara en contra se le consideraba franquista o terrorista.

Es necesario recordar aquellos avatares ahora que hemos despertado y nos damos cuenta de que no vivimos en ningún paraíso. Y también porque las sentencias que escribe nuestra Justicia provocan movilizaciones sociales y tensiones con Europa, y que el presidente del gobierno acaba de declarar en la portada de “El País” que el problema político más importante de España tardará muchos años en resolverse.

Debemos recordar, pero no para pensar a título de inventario, sino para sacar consecuencias que nos sirvan ahora.

Pensemos primero en lo que le ocurrió a Suarez por secuestrar la voluntad popular, engañándola conscientemente para satisfacer el deseo antidemocrático de permanencia de quien lo había nombrado: fueron los suyos y solo los suyos, los que querían monarquía y nada más que monarquía, los que acabaron con él en menos de cinco años, hasta el punto de que la inestabilidad que provocaron volvió a animar a los añorantes del franquismo a intentar un nuevo golpe de estado de los de verdad, con armas de fuego en la calle y militares dispuestos a matar a la gente.

Pero hoy, con la mayoría parlamentaria que les ha permitido desalojar del gobierno a los del PP y enviarlos a la crisis interna en un parpadeo, los del PSOE de Sánchez tienen la misma oportunidad que tuvieron los de la UCD de Suarez para conseguir un verdadero cambio político, pero con muchas ventajas respecto a la situación que existía tras la muerte de Franco.

En primer lugar, ni Pedro le debe nada a Felipe VI ni a los “monárquicos” del PSOE, comenzando por su Felipe, el ex, más bien todo lo contrario. En segundo lugar, el pasado 3 de octubre el rey se prestó a una intervención contra la mitad de Catalunya que con Sánchez en el gobierno nunca se habría producido, aunque desde su debilidad se la tuviera que avalar a Rajoy, como hizo con el 155. En tercer lugar, la imprescindible recuperación de la memoria para resolver las desgracias aún pendientes de la dictadura, comenzando por desenterrar al que nombró rey al padre del actual, está ayudando a recordar el origen de la monarquía e incrementando su rechazo social.

Para no seguir con una lista que podría ser larga añadiremos, y Sánchez lo sabe perfectamente, que los “muchos años” que se tardará en resolver lo de Catalunya pueden ser muy pocos si la Corona desapareciera del mapa político. Más alto y más claro no lo pueden estar diciendo quienes gobiernan en Catalunya y mucho se equivocaría Sánchez si piensa que en las próximas elecciones, que para lo que les importa a muchos catalanes solo serán las municipales, se va a producir un vuelco a favor del PSC por el hecho de gobernar en Madrid, más allá de recuperar algunos de los votos que se han ido a Ciudadanos. Porque según la última encuesta de “La Vanguardia”, el independentismo crece.

Por último, no solo Sánchez sino todo hijo de vecino sabe que en España el final de la monarquía no va a producir el menor ruido de sables en ningún acuartelamiento.

En resumen, si cualquier lunes la Comisión Ejecutiva del PSOE decide que ha finalizado el periodo de vigencia de la monarquía en España y que inicia las gestiones políticas y los trámites necesarios para alumbrar la república, estoy convencido que Felipe VI llamaría inmediatamente a Sánchez para darle las llaves de La Zarzuela y, a cambio, negociar un futuro digno para su familia. A fin de cuentas, Alfonso XIII no esperó a ningún referéndum. Y, por otra parte, ¿alguien se imagina a los de Rivera, que tienen un miedo atroz a salir perdedores de cualquier lance, atrincherándose tras la Familia Real solo para hacer oposición al PSOE?. Y al PP solo le quedaría el recurso al pataleo, y con menos unidad interna de la que podamos imaginar. Si el PSOE se atreviera, no es posible pensar que en España naciera un frente social y político a favor de la Monarquía a cualquier precio, pues afloraría de manera insoportable una verdad que nos hemos ocultado de manera voluntaria: que esa institución es un factor de división insuperable en nuestra sociedad.   

 

Pero es probable que Susana Díaz, autora de “Quiero una memoria histórica que no mire hacia atrás”, haya acertado a resumir mejor que cualquier reflexión el cinismo que ha caracterizado la actitud del PSOE ante el problema que más nos distancia de la Europa que nos rodea y a la que pertenecemos. Pero ahora el fuerte es Sánchez y podría atreverse con nuevas sorpresas.

Y por lo que se refiere a los de Podemos, que también se proclaman republicanos pero con la boca pequeña, han pasado de negar a Sánchez el gobierno en 2016 a apoyarlo sin condiciones ahora, por lo que no deberían extrañarse si en los próximos procesos electorales se quedan en torno al 15%. Leo las crónicas de lo de Vallecas del sábado y, si es cierto aquello de lo que no han podido informar, me llena de vergüenza el hecho de que ni Iglesias ni Montero, ni ningún otro dirigente de relevancia, se hayan acercado a saludar y animar a los activistas de su barrio de ayer que han puesto las urnas para que, quien quisiera, pudiera dejar constancia de su preferencia política: De los 7.270 votantes el 98,5% quiere decidir sobre la forma de estado y más del 89% apostaron por la república.

He dicho “miedo” pero creo que no. Quizás lo que les ocurre a los líderes de la izquierda es que piensan que el pueblo español no está aún lo suficientemente maduro para ser republicano.  

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