Son las diez de la mañana del día 1 de junio al final de General Riera, una calle de Palma que se dirige hacia el norte por Secar de la Real.

Él es más alto, delgado y joven que yo, aunque la ropa que viste dice mucho de sus circunstancias. Además, lleva en la mano una estructura metálica usada que podría haber cogido de la basura, quizás con intención de venderla al peso y sacar algo de dinero. Ya hace muchos años que, cuando dejo algo junto a los contenedores, alguien lo desmonta y se lo lleva en menos de diez minutos.

 

Yo soy el otro de este relato. Acabo de dejar el coche en el taller y decido ir caminando. Se trata de una cuesta abajo suave que me llevará casi hasta el nivel del mar.

Él viene de frente tras cruzar la calle y se acerca para coincidir porque, además, vamos en la misma dirección.

Él. Disculpe, ¿me podría dar 20 céntimos para tomar un café?

Yo. No, lo siento, yo también voy andando (como de costumbre, miento, porque sí que llevo 20 céntimos en el bolsillo, o no, porque debo al banco mucho más que 20 céntimos).

Él. No es justo que no haya trabajo para los españoles y en cambio no se expulse a toda esa chusma de inmigrantes.

(Tras pensar la respuesta le digo que España es parte de Europa y con lo de la inmigración tengo entendido que nos habíamos comprometido a acoger a 17.000 personas, pero solo hemos recibido a 1.500).

Él. Pero es que en España estamos muy mal por culpa de la crisis.

Yo. Con la crisis lo que ha ocurrido es que unos pocos se han hecho mucho más ricos que antes, pero se dedican a culpar a los inmigrantes para que los de abajo nos enfrentemos entre nosotros.

(No tengo especial interés en mantener una conversación superficial con un desconocido, pero de momento vamos caminando en la misma dirección mientras cruzamos el puente sobre la llamada Vía de Cintura, una autopista que rodea Palma, y no puedo esquivarlo sin parecer impertinente. Además, tengo la sensación de que le debo 20 céntimos).

Él. Estoy pensando si suicidarme tirándome debajo de un autobús en marcha, o violar a la mujer del conductor.

Yo. Mientras me río, le alabo su sentido del humor en medio de tanto pesimismo.

Él. ¿Sabe usted donde vivo?

Yo. Pues no.

Él. En la cárcel vieja, la que está en la carretera de Soller

Yo. Algo he leído en el periódico. Por lo visto hay quejas contra los okupas que estáis allí y algunos vecinos reclaman al Ayuntamiento para que limpie aquello. ¿Cuántas familias vivís en ese sitio?

Él. No lo sé, pero bastantes.

Yo. Pues haceros fuertes allí dentro, hasta que os busquen una solución.

Él. Voy a poner un anuncio en la prensa. Diré que estoy bien dotado y pondré una foto en la que se me vea algo de lo que ofrezco, pero no todo. De hecho, una señora de unos cincuenta años me dijo hace poco que lo intentara.

Yo. Mientras me río de nuevo le digo que debe hacer lo que sea necesario para sobrevivir y sacar adelante a su familia, aunque dentro de la ley si no quiere terminar en la cárcel nueva.

Hemos dejado atrás el Carrefour que hay junto a la autopista y él debe girar a la izquierda, pues se dirige a su domicilio. Quizás con el hierro que lleva en la mano quiere construir un somier.

Ahora es mediodía y en el bar de siempre la televisión está contando lo nunca visto en España, al menos desde que aquella muerte nos permitió salir de la cárcel total: La mayoría de los diputados del Congreso se han puesto de acuerdo para cambiar al presidente del gobierno. Recuerdo al tal Sánchez cuando abandonó su escaño para no ser políticamente desahuciado por la mayoría de los suyos y que después, casi con una mano delante y otra detrás, cogió un coche normal para buscar la rehabilitación desde abajo.

No sé si el cambio en Madrid beneficiará a los okupas de la cárcel vieja de Palma como el que me ha acompañado un rato esta mañana y con quien, por cierto, no he tenido el detalle de preguntarle su nombre, aunque él tampoco el mío. Por si gira el viento, conviene que no se suicide ni cometa locuras.

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