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El motivo.

El pasado 11 de diciembre, uno de esos amigos antiguos que aguantan pase lo que pase, aunque pasen años sin vernos, me dijo que le ocurría lo mismo que a muchas personas: ante las urnas no quiere votar a ninguna candidatura, pero sí tiene claro que partido no quiere que llegue a tocar poder. Ocurre, precisamente, con los que han abusado del gobierno. Me sentí conminado a escribir y, como en otras ocasiones, me documenté antes para saber cómo estaba el panorama. Se añade ahora la circunstancia de que se ha puesto de moda la reforma de la Ley Electoral y, aunque no abordarán esta propuesta, que no se excusen después los políticos diciendo que nadie se lo dijo.

 

Continuación.

En aquella primera entrega elegí a cuatro autores de los pocos que han escrito sobre el asunto. Se trataba de Julio Llamazares, Beatriz Talegón, Amando de Miguel y Gabriel S. Boragina. El hecho de que ninguno de los cuatro hiciera referencia a países en los que se haya implantado el voto negativo parece confirmar que no hay camino recorrido y, por tanto, se confirman las sospechas iniciales sobre la resistencia de cualquier político a innovar con la democracia, quizás por miedo a que con ello afloren realidades desconocidas e indeseables.

En este punto quizás procede un paréntesis para la siguiente reflexión: ya que la evolución de la principal de las relaciones económicas, la de empresa/trabajador, conduce a la temporalidad, ¿no sería conveniente que se estableciera también una vigencia temporal a las leyes, comenzando por la Constitución, estableciendo una fecha de finalización obligada para promover y dinamizar la implicación de toda la sociedad en la construcción de las normas que la obligan? Seguro que habrá una fórmula que evite los vacíos legales, pero seguro que a usted no se le escapa que la principal de las intenciones de esta propuesta consiste en garantizar la imprescindible descomposición de las trampas que se montan paralelamente a cualquier ley, y no creo que sea necesario recordar el famoso dicho para explicar a qué me estoy refiriendo.

Volviendo a lo de poder “votar en contra de” procede recordar que los cambios importantes suelen ir asociados a revoluciones como la francesa de 1789, de las que obligan a cuestionarse los esquemas, pero de esas no hay demasiadas. Durante las transiciones de dictaduras a democracias que se han producido en muchos países, lo que suelen hacer los nuevos a la hora de construir el nuevo entramado es copiar directamente otros modelos en lugar de esforzarse en llegar a acuerdos a partir de la historia e idiosincrasia propias. Hay muy poca valentía a la hora de mejorar/cambiar el sistema incluso a pesar de que, tal como recuerda Llamazares, en los sondeos de opinión la pregunta sobre el rechazo que despiertan los políticos es una constante desde hace cientos de encuestas. Pero claro, para cada mala encuesta siempre hay un relato de conveniencia. 

El artículo de Gabriel S. Boragina, profesor de derecho y economía, es el más extenso y, aunque lo circunscribe a la realidad de su país, las diferencias con lo que tenemos aquí no son tantas. Allí el voto es obligatorio (lo considera una herencia de la dictadura), pero lo cierto es que el porcentaje de los que por nulos o cualquier otra causa no terminan aplicándose a candidaturas, más las abstenciones, ronda el 25%, mientras en España, sin obligación de comparecer, únicamente son 5 puntos más. A pesar de que su artículo es el más antiguo en el tiempo de los cuatro, ninguno de los otros tres autores lo cita, ni a ningún otro, y él mismo tampoco a ningún predecesor que hubiera, lo que confirma que con este asunto estamos recorriendo un camino ignoto que quizás los que quieren gobernarnos jamás nos consientan ni probarlo. Me consolaré con quedar bien por haberlos nombrado, siempre les caerá algún “clic” sin haberlo buscado.

Al sociólogo Amando de Miguel, vea usted la fecha de su artículo, comenzaremos por reconocerle que acertó al afirmar que las encuestas estaban dando más apoyo a Podemos y Ciudadanos del que finalmente obtendrían el 20D/2015. Eso no nos permite pensar que también pueda ser el inventor del voto negativo: “Hoy me siento arbitrista. Tengo la solución para la ley electoral…” con que comienza su “Grandeza y miseria del voto negativo”, pues sabemos de lo del argentino cuatro años antes que él (y si usted busca puede que hasta encuentre noticias en la Grecia clásica). Amando recomienda contemplar el voto negativo como la manera de canalizar los odios políticos a través de las urnas, y le doy toda la razón. Si con eso aprendemos en España a vivir los independentismos sin que se rompan amistades, por ejemplo, o sin que alguien de una familia tan rota como la Real se atreva a dar lecciones pidiendo que vuelvan las convivencias quebradas, habrá merecido la pena. Por cierto, cito el título del artículo de don Amando porque debería reflejar lo principal de lo que quiere decirnos, ya que todos sabemos que mucha gente solo lee la letra grande. Leo y releo y solo encuentro en su escrito defensa de la propuesta, sin la menor “miseria”. Quedo a la espera.

Con Beatriz hay que reparar también en que la fecha que elige para hacer público su pensamiento es la misma de las últimas elecciones generales celebradas en España. Creo que lo que nos quiere transmitir es la imperiosa necesidad de buscar soluciones a la misma pesadilla que rondaba a todos los que, desde la izquierda, sospechaban que algo había tenido que fallar para que tuvieran que volver a abrirse los colegios electorales, dejando pasar olímpicamente la oportunidad de ver a la derecha más centralista, en sus versiones emergente y decadente, con menos diputados de todos los Congresos que alcanzamos a recordar. Que duda cabe que cuando estaba escribiendo no conocía el resultado, pero seguro que lo había mal soñado.

El escritor Julio Llamazares escribe como lo que es y, quizás porque lo hace sometido a la tensión de tener que votar tres días después por una candidatura que no le gusta, pues todas incumplen para él con tan personalísima y respetable condición, se apoya hablando de futbol y hasta citando a don Quijote. La forma tan clara y convincente con que formula su reclamación para poder votar “en contra de” debería haber llevado a la Junta Electoral a reunirse esa misma noche y arbitrar una solución de compromiso para que cualquiera que padeciera su mismo dilema no tuviera que salir frustrado de las urnas inmediatas.

Espero que los cuatro autores, en el improbable caso de que leyeran esto, puedan pensar que he interpretado correctamente sus respectivas opiniones, todas a favor de lo que invariablemente denominan el “voto negativo”. Ahora volveré a mis ocurrencias, intentando no repetir sus argumentos.

En 2015 andaba yo intentando convencer a quien se diera por aludido, evidentemente eso no pasó, de que solo una coalición ganadora al Senado podría abrir las puertas a una reforma constitucional de la que todos, menos el PP, hablaban en sus proclamas, aunque sin excesos. Por ejemplo, no recuerdo que nadie planteara el tema de construir una República, y no es porque los catalanes no insistieran. Para ello cargué en una hoja de cálculo todos los resultados de las elecciones generales desde 1977. Aquel trabajo de 2015 me permite afirmar ahora lo siguiente: 

Desde 1977 la media de abstenciones ha sido del 27,63%, lo que se traduce en que en las urnas han dejado de comparecer casi 114 millones de electores, de un potencial total de casi 412 millones. Atención, porque al Senado han fallado muchos más, 140 millones, y nadie les ha tocado ni el sueldo.

Los procesos electorales que han registrado mayor participación han sido aquellos que han coincidido con periodos de crisis o cambios, momentos en los que aumenta la politización de la sociedad. Las primeras democráticas de 1977 y las de 1982 siguen ostentando los récords. Le siguen las elecciones de 1996, 1993 y 2004, primera victoria de Aznar, crisis del felipismo y por último la gran mentira que alteró los nervios a la mitad de España tras el atentado del 11M. Tres victorias de la izquierda por una del “adiós al franquismo” y otra de la derecha. Desde 2011, y a pesar de vivir en tiempos de crisis, se incumple la regla y las abstenciones superan el 30% tanto en esos comicios como en los de 2015 y 2016, siempre con victorias de la derecha, lo que viene a confirmar el lado que más sufre la abstención. La excepción de las catalanas del 21D 2017, batiendo todos los récords de participación, abre un interrogante sobre el futuro al que hoy no es posible responder.

No es extraño, por tanto, que Beatriz Talegón pida que se incluya el voto negativo, pues hay general coincidencia en que tal reforma movilizaría ausentes habituales hacia las urnas. Si sorprende, en cambio, que tal propuesta no figure entre los programas de los partidos de izquierdas. O al menos yo no lo he visto. Volvemos al miedo de todos los políticos a cambios que puedan producir efectos imprevisibles.

Continuará…

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