También podríamos coincidir en ‘nada antes que la fe’, que parece nuestros abuelos -los míos, al tiempo que pescadores, después de haber labrado en secano- llevaron al catalán, después de levantes, lluvias y sequías, no pocos tormentosos y muchas devastadoras, desde el ‘nihil prius fide’ hasta la propiedad de sus convicciones. Pues nada, esculpido sobre roca más firme, nos pertenece con mayor certeza que nuestras creencias: ‘res abans que la fe’.  Nada  más firme que nuestros principios, pues ellos son lo que somos a pesar del día a día, las incertezas al doblar la esquina en los días irascibles de algunos inviernos, nuestras limitaciones, nuestras dudas como el vivir, y la vulgaridad impenitente por resolver.

Pero a pesar de ser esa nuestra condición: ‘semper in fide’: los leales, solos contra todos, aun sin armas, con bagajes, con empeño, ‘non flectar’, con nuestras miserias y pobrezas, con la riqueza del discurso compartido, por muchos sin discurrir y sin embargo forjado en sentimientos, nuestra voluntad por ningún miedo y, sin ser gregarios más que en la coincidencia, sin porqué de tomar el camino más transitado sino cada uno su camino, porque las convicciones no son una cárcel de la que nadie puede huir a menos que las traicione, para al final y por esos signos, seguir.
Mi spezzeró ma non mi piegheró, como aquel que pagaba con vidas ajenas: vale más honra sin barcos, que barcos sin honra, que también en el venir del lenguaje ha llegado con alegría al ‘antes rota que doblá’ . Pues, ea, no confundamos a nadie y aligeremos, que no hay en ello cilicio ni un estoico doliente alejado del placer de navegar ni de las brisas de los mares ni, puestos en canciones, del vino de la copla, pues todo son caminos y todo cabe en el paisaje, vaya el velero a Almería o digan otros que a Cartagena, estando en canícula, sintiendo el viento frío repentino de lo desconocido, pues el futuro no existe, siquiera el mañana, ni aquella esquina.
Para coincidir en que ni un solo político entra en política sin pensar sólo en sí mismo como al rey habría que explicarle que los Reyes magos son los padres, o convencer a alguien de que en la vida hay que leer por lo menos un solo libro a ver si coge carrerilla, “o creer el cuento que hay quien se hace político por una irrefrenable vocación de servicio a la comunidad, al país y a la democracia”, pudiendo citar, en esta geografía a todos los puntos cardinales y en cualquier dimensión o pretendida dignidad, a todas esas señorías que soplan flautas sin que a ninguno de ellos, por no saber ni entender absolutamente nada sobre criterios de soberanía, les importe, volviendo al género copla,  un bledo la gente. A ninguno, que quiere decir sin excepción. Unos por ignorantes u otros por desalmados, añadido a ser el sistema de partidos políticos corrupto en todas sus acepciones y todos por el vicio de mentir: darles igual aquella Almería que Cartagena.
“¿Cómo de lo contrario es posible que tal o cual partido, que tal o cual político  -catalanes-, sea de verdad independentista –para mí, un término equivocado, explicado en otras partes- y no estén todos a una (y sin teatro) con Puigdemont, ayudándolo a conseguir la soberanía nacional catalana? Es muy fácil de entender: porque quieren ser ellos quienes gestionen el independentismo y no la independencia. La cual, vete a saber si la conseguirá. No quieren a Puigdemont porque quieren ser ellos, como siempre, quienes remuevan las cerezas”.
Si la falsa Transición y desde la Constitución del78, guiada por los partidos políticos, el Parlamento y los distintos gobiernos que hemos tenido y todos el mismo,  ha sido un estruendoso fracaso democrático en el que estamos inmersos, en Catalunya, a su imagen y semejanza, con los mismos ingredientes, con la misma cera, ¿qué otro cesto con las mismas urdimbres? Y sin embargo, esperando llegar a aquella esquina, aun el frío del invierno en agosto, citando a Galves entre cerezas, uno tiene el derecho de estar enamorado.
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