bares joanjopisYo solía pasarme por el Ideal, un local muy bien puesto: maderas nobles, pinturas de esas con escenas inglesas para que te sientas un gentelman, todo muy confortable y deferente, servicio muy profesional que inició el maestro Gotarda (maestro coctelero), el mismo que desde hace años dirige su hijo José María, barman reconocido que se ocupa del día a día del negocio, pues no todo arte va emparejado de miseria ni de bohemia, ni mucho menos, el arte por definición es casi siempre burgués -hay más niñas tontas tocando el piano que niñas inteligentes-, una excelente coctelería en la calle Aribau de Barcelona (aunque he de decir que yo, a todo le llamo bar) Y prefiero llamar al cóctel, cóctel (al que por lo visto se le puede llamar ‘coctel’, sin acento) que llamarlo cocktail, el gilí original inglés. He oído yo a algún tontainas decir ‘coctail’ (dadle maíz, dijo uno que siempre anda cabreado, como cualquier periodista que se precie, que trabaja en el Xornal).

Lo hubiéramos podido llamar combinado, que ha quedado pobremente para la combinación de dos bebidas, gin tónic, cubalibre o bebidas de ese tipo con menor número de bebidas mezcladas de las que acepta un cóctel (Yo no soy de esos combinados, o se bebe o no se bebe, y para refresco una caña, eso es lo serio). A mí, de los ingleses me gustan pocas cosas, la distancia es una de ellas, así de claro. Siendo que tolero mal la arrogancia -ya sé que no es de bonhomía-, disfruto sus fracasos; como otras, pues como ellos hacen la guerra por deporte, a la traición la llaman ‘me voy a casa que me llama mi madre’. Lo hacía preferentemente los lunes, en aquellos años me ocupaba de mis asuntos terrenales en la parte baja de Barcelona (Barcelona hace bajada hacia el mar, una maravilla; en Vigo, el desnivel es muy severo, pero ir al Mosquito, compensa cualquier esfuerzo), en el barrio de la Ribera, en la zona del puerto. Lo hacía porque los lunes solían cerrar muchos establecimientos de la zona, por aquello –quizás hoy en día sea ya una especie urbana-, de que los lunes, el pescado no es fresco (como cerraba los lunes el Carballeira (¿o era el martes?), restaurante excelente y emblemático, con ‘la mejor delantera del Barcelona’: Luís, Enrique y Amador, los camareros de barra. Enrique era de mi pueblo -del de entonces-, y Luís y Amador, eran gallegos (uso el pretérito porque hace mucho tiempo que no los veo). Con Luís hice mejor amistad, a partir de que le ofrecí una colocación a un sobrino suyo, aunque después, por motivos que ignoro, se deshizo la cosa; quedando él agradecido y yo encantado de hacer un favor, ciertamente de poco mérito. A Luís le di la mayor propina de su vida, treinta millones de pesetas de una sola vez. Por Navidad, le di un billete de lotería de los que vendía todo el año una señora en la puerta del restaurante, qué culpa tengo yo de que no le tocara, el que debía rezar era él, yo soy ateo. Desde aquella vez, nunca jamás le di una miserable propina, salvo el décimo de lotería por navidades, esperando mejor suerte año tras año, pero quedando la anécdota en el Carballeira de que "un señor dejó un día una propina de treinta millones de pesetas", sin contar, claro, el detalle del décimo y ‘su’ falta de suerte (por no rezar). Excelentes personas pues, detrás de la barra, y profesionales como pocos (en pocos lugares en Barcelona –en el 7 puertas, también- se conserva el profesional ‘de antes’ como se encuentra con mucha facilidad en otras ciudades de España, Madrid es un ejemplo) Así pues, los lunes me ‘subía’ a Barcelona y merodeaba por el Ideal (menos, al Dry Martini), para acabar visitando -alternándolos ocasionalmente con otros- el Sibarit, el Pekin, o el ‘gallego’ y sus vecinos, citados en ocasión anterior (pues como los llamo ‘bares’, a los parroquianos -entre otros muchos nombres-, les llamo ‘vecinos’); aprovechando el ‘estar en Barcelona’ para, después, hacer otras cosas no tan serias (ni exigentes de la atención que suelo prestar a estos asuntos otrosí terrenales). Lo anterior está dicho para crear el escenario de lo que presencié un día, añadiendo que –con lo que pueda parecer- yo soy partidario de tener ‘bar de cabecera’, como otros tienen ‘médico de cabecera’ o ‘abogado de familia’, o ese tipo de pretensiones (mejor un bar, sin duda). En Coruña, mi bar de cabecera, por ser el mejor de Coruña, es el ‘Meigas Fora’, saliendo a Santiago, (Xiana y ‘familia’ hacen que en el ‘Meigas Fora’ se te curen todas las dolencias y se resuelvan las tristezas corrientes, y no te dicen como el médico "no se preocupe, que no le va a doler", sino todo lo contrario, una delicia (prueben al mediodía)

En Barcelona pues –aunque decir que en tren, de Tarragona a Coruña se tarda doce horas en llegar, y, desde Chamartín a Coruña, seis horas y media; es fácil entablar conversaciones y hay bar. En el último viaje, una profesora se pasó todo el trayecto dándome conversación y venga a darle tirones a su falda–aparentemente sin que yo me diera cuenta- para que le mirara las piernas, cosa que hice a ratos entre estaciones para darle satisfacción y no dañar su autoestima. Como resultó una persona inteligente, al final le dije, "oiga señora, en confianza ¿por qué no se compra las faldas más largas? Me dijo, como si fuéramos amigos de toda la vida, que "eso es cosa de mujeres". "¡Coño" –pensé-, y de las profesoras enseñar, pero no en los trenes! Pero le dije, "Tendré que acordarme para decírselo a mi mujer", "¿Se quiere creer usted que mi mujer es de las que llevan falda hasta los tobillos?" Dejó de hablarme creo que era en Miranda de Ebro, y en Lugo, que le debió parecer un lugar adecuado para asesinar a alguien, me echó una mirada en la que también me pareció entender que se había terminado nuestra sincera amistad. Hace años que no me preocupo por entender a las mujeres, se es más feliz y no hace ninguna falta. Puedes casarte media docena de veces si quieres, pero empeñarte en entender a tu mujer, quiere decir que no aprovechas las experiencias y no aprendes nada de ellas. Aunque te digan "es que no me comprendes", ellas no tienen ningún interés en que comprendas nada. No sea que acabes entendiendo a tu mujer, porque después ya te vienen el origen de la vida y los secretos de una buena paella, todo muy complicado. En aquel Ideal, otra vez pues, en una de esas horas que está repleto, avanzado ya el mediodía, cuando cierran los despachos y oficinas, antes de comer, acuden frecuentemente los abogados que han terminado sus asuntos en los juzgados con sus carteras de piel llenas de enredos, también algún juez –que suelen venir con las manos en los bolsillos, aunque no voy a poner que silbando- Conocí yo a un juez en el Ideal, que llevaba asuntos muy mediáticos y en aquellos días había soltado a unos detenidos por no sé qué asunto muy grave ocurrido en una zona de ocio del puerto, no recuerdo su nombre, pero sí que tenía la voz muy ronca y solía acudir en ocasiones a programas de radio, muy ingenioso y socarrón, y claro, muy sabido (gallego), eso sí, la voz, arena pura. Pues bien, todo, para contar que ese día, cuando las voces ya llenaban el local y la gente ya sólo estaba para disfrutar de la vida entre asuntos y copas, apareció uno que apartando el pesado cortinón de la entrada –seguro que venía ya disfrutado de la vida de otros bares- gritó por encima de todas las voces "¡Necesito diecisiete abogados y cuatro jueces corruptos! Se hizo un silencio absoluto. Y, en el siguiente instante, el local en pleno, todo el mundo a la vez, a gritos (doy fe) "¡yo! ¡yo! ¡yo!¡yo!" Nunca he visto a gente tan seria, a gente tan encorbatada, tan feliz, gritando, llenándose las copas, llorando, riendo "¡yo! ¡yo! ‘yo!

Finalmente, recordando esa historia del Ideal, he querido repetir la experiencia, y al entrar hoy en un bar en Madrid he gritado ¡Viva Cataluña!, habrá que ver cómo acaba el asunto, pues esto es un cóctel y hemos de ir mezclando frases y frases en la coctelera, antes de llenar la copa, no sea que acabe como el asesinato en Lugo.

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