VUELOS PARA POLLOS / JOAN LLOPIS TORRES

21 Marzo 2018 176 votos

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El doce de marzo de este año cayó en lunes. A las 13:40 horas tomaba un vuelo de la compañía Aero en una de las terminales para conexiones locales en el Aeropuerto Internacional Murtala Muhammed de Lagos. Esta compañía no es la que ha conseguido triunfar en el país y hacerse mayoritaria en el mercado nacional (tampoco en el internacional), ni la que ofrece mayor confianza, pero es la más barata. Un motivo razonable para su elección, a pesar de que quizás tenga otros méritos que se desconocen.

En Lagos, uno puede sentirse desamparado, pero si te sientes solo, es porque te ocurre algo raro. En la ciudad somos veintidós millones de vecinos. Evitar intentar conocerlos a todos, es un buen consejo. El nigeriano es extraordinariamente sociable, así que no le faltan amigos a nadie. Una práctica aconsejable consiste en cada quince días renunciar a la mitad de ellos, o, según la cosecha de la quincena, a las dos terceras partes; eso, o acabarás sin espacio en los registros del teléfono. También es práctico ordenarlos por áreas, barrios, asuntos, algún rasgo físico, o quizás ciudades o cualquier otro recurso, pero no registrar el contacto por su nombre, cualquier cosa menos eso, eso no sirve de nada, ningún europeo se acuerda de ningún nombre hasta después de años de frecuentar a sus conocidos. En las conversaciones, los nigerianos sólo entienden aquello que les interesa, del resto es como si no hubieras dicho nada. Más adelante, no podrás decirles "pero si ya te lo dije". Eso también será inútil.

Todo lo interpretan según su conveniencia. Según lo que resulte, sea lo que sea, tú serás el culpable. Yo tuve una novia que hacía lo mismo; no recuerdo si me casé con ella. -"Cariño, voy a dejarte, estoy harto de ti, no te soporto ni un minuto más" "se te está hinchando el culo como un globo" "¿por qué no te largas?". No te escuchan. –"Cielo, acuérdate de pasar por la tintorería" "Te he dejado algo en la nevera por si llego tarde" –están en sus cosas- "ha llamado tu madre" Mientras se pone los zapatos de tacón con prisas "te quiero" "he dicho a los niños que este domingo iremos a la playa". O, "Oye Chukwuemeka, mándame 50 dólares y yo te lo envío… Al día siguiente te llamará muy enfadado que no ha recibido nada. "Pero, oye ¿me has ingresado los 50 dólares? -¿Qué cincuenta dólares?.

Los aviones siempre van llenos. Temperatura: 100 grados; aproximadamente 100% de humedad. Todo normal. A pesar de mis pesadumbres, mi intención era llegar sano y salvo a Asaba, capital de Delta State, junto al río Niger. Al día siguiente crucé en automóvil el puente de hierro que lo atraviesa yendo detrás de una nube de humo azul negruzco que no me dejó ver el río: los últimos estertores de un camión destartalado al que por fin conseguimos adelantar y verle la cara exhausta. Sólo alcancé a ver un par de grúas ociosas en lo que debía ser un muelle, y poco más. Duración del vuelo: una hora. Tiempo estimado de llegada: 14:45 horas.

A los capitanes de las compañías aéreas les encanta informar al pasaje de que ‘él’ es el capitán. Ya en vuelo, lo único que interesa a la gente es comprobar si su voz suena calmada o nerviosa, nada de lo que diga merece la atención de nadie. Después de ir andando hasta el pie de la escalerilla del avión y pasar el último control: una chica con chaleco reflectante considera imprescindible que le enseñes otra vez el billete para embarcar, antes de subir, es obligatorio identificar las maletas para que las carguen y estar así todos seguros de que compartiremos el destino con nuestro cepillo de dientes y las demás cosas menos importantes: unos fajos de dólares, otras divisas diversas, lingotes de oro, diamantes, actas de propiedad, valores... Yo intento siempre colar un encendedor para fumarme unos cigarrillos al llegar, lo más valioso. A los desinformados les doy noticia de que en el aeropuerto de Casablanca ya se puede fumar en unos minúsculos espacios habilitados para malhechores y gentuza del vicio. Antes había que darle una propina a la señora y fumar en los lavabos. Si la conexión era nocturna, era más fácil encontrar un rincón disimulado, pero siempre con unos cuantos furtivos que lo habían descubierto antes.

Los fumadores de aeropuerto somos una mafia organizada y muy bien avenida. Algunos nos reconocemos de vez en cuando y nos saludamos como los miembros que mantienen la llama de una misma hermandad. El motor del otro lado del avioncito está en marcha como si ya estuviera en pleno vuelo. Debe cargar algunas baterías. Hace girar una enorme hélice negra que no vemos, pero se supone que es igual a la que tenemos encima de nuestras cabezas, quieta. La quietud de las serpientes siempre es amenazadora.

"No sale humo" le digo a uno de la fila que me mira como si quisiera conversación "no debe tener tubo de escape" "¿tú qué crees?". Me sigue mirando sin entender nada. "Quizás reciclen el humo" le digo. En Estambul, en el área internacional, sigue abierta la terraza al aire libre para fumar, sin importar lo más mínimo la vista al exterior . Siempre está a rebosar. Yo no lo piso desde las últimas bombas. Soy fumador pero procuro que no me bombardeen. No voy a esperar a los siguientes atentados fumándome un Camel. Se trata de un bimotor a hélices. A pleno sol, por fin subimos la corta escalerilla pensando en dejar atrás el sofocante calor. Aun con tiempo sobrado, las usuales prisas de los aeropuertos, los controles de seguridad y todos los procesos propios de una granja de pollos, te hacen parecer que no vas con tiempo suficiente y vas inexplicablemente a llegar tarde, sin saber a qué viene esa inquietud, pues después de la ansiedad y el escaldado vas a tener que esperar pacientemente con el aburrimiento propio de los aeropuertos. A mí me acompaña siempre el miedo de que un fallo informático me deje tirado. No encontrar el pasaporte u olvidar alguna cosa. Las pequeñas tonterías son las que pueden convertirse inopinadamente en una catástrofe.

En todo lo demás, me dejo llevar sucesivamente por lo que va viniendo. Volar hoy en día, no creo que sea menos complicado que volar para la NASA. Pronto los pasajeros volarán acompañados de su abogado en línea permanente con el Defensor del Pueblo. Después de subir unos pocos escalones, ya a bordo, una azafata te vuelve a pedir el billete para indicarte el asiento - Estoy convencido de que estas azafatas son venenosas. Sí, una de esas que se pinta los labios de rojo como el semáforo del fin del mundo-, se supone que todos somos lerdos y somos incapaces de encontrar nuestro asiento sin ayuda. Lo curioso es que no te acompañan, pero eso sí, te dicen el número y la letra del billete, igual hacen prácticas de lectura y no se trata de ninguna indicación. A los quince minutos de estar sentados -avisados por unos chasquidos de la megafonía-, el capitán, después de decirnos que ‘él’ es el capitán (nunca puedo evitar una sonrisa), se disculpa porque el aire acondicionado no funciona. Debe suponer que nadie se ha dado cuenta. Precisa que ‘hoy’, el aire acondicionado no funciona. Ya es mala suerte, precisamente ‘hoy’, es el ‘único día’ que no funciona. Parece que eso ha de quedar claro.

Al entrar, entre los habituales empujones por el pasillo, la temperatura se hace peligrosa, como presagio del cambio climático sigue subiendo el termómetro y temo se produzcan algunas explosiones por compresión. Colocando las bolsas de mano en las cabinas, o ya sentándonos, empezamos a sudar y a mirarnos unos a otros fingiendo confianza, cómplices de nuestra miseria. La próxima vez, todos decidiremos volar en nuestro jet privado. Es un avión pequeño de dos asientos a cada lado. En los exámenes de azafata la prueba más difícil es circular por el pasillo arriba y abajo sin sufrir heridas ni lesionar a nadie. A los que embarcan con mochila deberían darles un manual para no ir golpeando a la gente, o cuando menos a ese señor tan agradable que hoy vuela con nosotros. Mi vecino, un negro con vestimenta tradicional, no parece muy avezado a volar, se enzarza al abrocharse el cinturón de seguridad en una pelea que dudo que termine sin lesiones. Al fin lo consigue. O es posible que haya desistido y esté descansando sin resuello por la falta de oxígeno. El interior se ha recalentado dejándonos próximos al desfallecimiento. Me hierve la cara y tengo la entrepierna hirviendo dentro de una olla de caldo. De inmediato, me siento descorazonado porque creo que en vez de insertar los apliques del cinturón, se las ha arreglado para hacer un nudo. Lo que de veras siento es que una de las dos cintas es la mía. El hombre, ya relajado, se limitaba, como todos, a sudar como un cerdo.

"Excúseme, pero me parece que usted está utilizado mi cinturón". No tengo sólo las axilas chorreando, la camisa se me llena de manchones de sudor como si estuviera echando carbón a la caldera de un carbonero. Le pregunto a la azafata "¿Es éste un vuelo para pollos?" "¿Tiene usted conocimiento anterior de esta experiencia?" Me dedica una sonrisa muy profesional rojo deslumbrante, se le ha encendido el semáforo. Ya me tiene fichado. Es negra y lleva una peluca de pelo negro. Las tres características básicas de las nigerianas son que todas llevan peluca -frecuentemente se dan golpecitos en la cabeza por el picor-, no se separan de su teléfono móvil jamás y tienen el dedo gordo del pie separado de los otros dedos en una uve muy remarcada. "¿Suele sobrevivir algún pasajero?" "¿Qué estadística tienen de este asunto? Sigue por el pasillo ceñida con una falda algunas tallas inferiores a la suya, sin hacerme caso y para demostrar que aprobó el examen con sobresaliente (con sobresaliente no me refiero a su trasero que es la cuarta categoría básica de una gran mayoría de nigerianas; otras en minoría son delgaditas con el culo pequeño). Circula arriba y abajo sin parar. "¿Despegaremos corriendo la pista con los motores encendidos, o simplemente estamos pensando en ascender como un globo?", le pregunto. "Créame, estoy muy interesado en ello". Se suma una segunda azafata a las excursiones de la primera.

En una de las salidas a escena aparece con un spray ambientador conocedora de cómo va a acabar este asunto, estoy seguro de que le encantaría gasearnos. Ya me han dado con unas cuantas mochilas y he tenido que salir huyendo de algunas agresiones. "Tengo plena confianza en esta aerolínea" le digo al vecino para que el desaliento no empeore las cosas. Con los dos motores a plena potencia, el fuselaje empieza a vibrar, pero no se oyen ruidos de resquebrajamientos, "eso suele ser buena señal", insisto para darle ánimos. Sigue rezando sin escucharme. Permítame preguntarle algo "¿reza usted habitualmente, o acaso tiene usted un mal presentimiento? El avión empieza a correr por la pista entre el estruendo de los motores y un sinfín de vibraciones. "¿Si Dios dice que sí, quién puede decir no?", le oigo rezar, ya de viva voz. "¿Si Dios dice que no, quién puede decir sí?" le contesto (como en un rosario en mi versión pesimista del asunto), cuando el avión emprende el vuelo en busca de aire fresco.

Cinco días después, al regresar, se oyen unos chasquidos y el capitán nos dice que ‘él’ es el capitán y que ‘hoy’ el aire acondicionado no funciona. Pronto empezará la temporada de lluvias. Por abajo discurren abundantes ríos y se extiende una inmensa superficie verde.

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