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Con un rayo de luz, idos al génesis del asunto, don Enrique nos ilumina en su artículo que “el odio es tan antiguo como la humanidad”, llevándonos hasta Caín y Abel, para saber que la cosa no es nueva. Pero, a renglón seguido- en el mismo suspiro-, continúa con la misma claridad, sin ya rincones oscuros en el escenario de la historia: “El precursor de esta nueva técnica, dicen, fue Adolf Hitler”, dejando, ahora, sin atribuir el mérito al pobre Caín.

Pues siendo el odio antiguo como la humanidad, resulta que viene a ser nuevo otra vez, ahora a título de precursor, con Adolf Hitler. “Dicen”, dice -resultando de oídas la nueva-: “Transfiriendo el rencor colectivo hacia grupos humanos concretos, principalmente los judíos, a quienes llegó a negar el derecho a la vida”, y ser el rencor transferido, pues, de un colectivo a un grupo humano, quedando éste dueño y señor del rencor y rencoroso, una vez recibida la transferencia. Eso sí, en el transcurso, “se les llegó a negar el derecho a la vida”, yéndonos nosotros a merendar, sin saber si la negación quedó en cuestión de derecho teórico o pasó a mayores, o quizás pasaran de la duda a negar su existencia para confirmar la teoría, o lo mejor era hacerlos desaparecer, quedándose ya satisfechos, despejadas las dudas, siempre tan molestas. No sabemos si la Historia no reflejará al pueblo judío por no haber existido (cosa que sería correcta, pues la Historia no está para inventarse nada) o, dejará en manos del autor que comentamos el enigma. También quedaremos a la espera de que nos explique cómo se extiende la pólvora, para entender mejor la figura.

“No sé si cabría aplicar esta expresión –no sabe, pero la aplica- a la independentista republicana Marta Rovira”. Y aun sin saber, pasa el testigo de Caín a Adolf Hitler, y renovado, a Enrique Arias Vega -a sí mismo-, aunque en esas atribuciones, magias y tribulaciones, no se aplica -en las definiciones, como propias- el cuento que predica, practicando lo que dice rechazar, escudándose en los “dicen”, “no sé” y en ignorancias, nunca tan ciertas. Presentadas tímidamente, confirmando a Bernard Shaw, que él mismo cita: “el odio es la venganza de un cobarde intimidado”, que ya es inocencia (del texto, que no en sus intenciones)

Para seguir, atribuyendo el fenómeno a latitudes lejanas y a vientos que dice le son extraños, silbando a la vía por donde circulan los trenes que le alarman, y de los que avisa: “Y lo peor es que personajes públicos y representantes políticos que deberían apaciguar los ánimos y mostrar más empatía con el prójimo –recordemos que él está silbando a la vía- son quienes se convierten, muchas veces, en propagadores de ese odio que deberían combatir”, y allí, viendo pasar los trenes, con el súbito ruido que aparece y se alarga con el traqueteo de los vagones hasta desaparecer de nuevo en el silencio del horizonte, que, a contracorriente, otra vez en el sopor aburrido de la tarde, le deja conjugando activas y pasivas en el fingido buenismo de una sola dirección, de la gallina al huevo, sin viceversa: -Yo no he sido, yo sólo he ido de paseo, pero, es que hoy, “con los medios de comunicación de masas”, -ya se sabe- “el odio se propaga como la pólvora”, por no hablar de la velocidad de los trenes (¿Verdad, don Enrique?) O, para pasar el rato, aun la frecuencia de los trenes, quedarnos en la duda de si alguna vez hubo once mil vírgenes, cambiándole el cromo de Bernard Shaw por el de Jardiel Poncela, que lo tengo repetido.

Pues lo irresponsable hubiera sido no prevenir lo que hubiera podido suceder, llevando -quizás en ese tren, y sin hacer ninguna falta, pues para qué (más que para lo que se perseguía)- diez mil policías a Cataluña, enfrentándolos a más de dos millones de personas, para, otra vez, transmutar vergonzosamente esas pasivas e intercambiar al inocente en culpable, que, sí, debería darles vergüenza, la que no tienen. Para -con todo-, dar pena, aun el discurso que han edificado repleto de argumentos falsos que se desmontan frente al análisis más sencillo de cualquier persona honesta -sea de donde sea si es sincera-, si no está adoctrinada por esas “propagandas de medios poderosos”, por esos “propagadores de odio”; “Pero ahí queda, generando el odio a gente tan ominosa, cruel y sádica, que por algo deben ser españoles”, habiéndosele ido ahí la mano, con la de bastos, o puede entretenerse usted otro día, viendo la dirección de los trenes y la estación de destino. Que aquellos otros trenes de Adolf (sic) -no confundamos-, circulaban también al amparo de la ley, que no sólo le votaron la constitución, sino -¡y con qué convicción!- le juraron y en persona, no se engañe usted; no ocurra –por la inversión de la verdad, saltándose toda gramática honesta, que tan bien vemos practicar- fueran culpables los judíos yendo al matadero.
“Afirma Marta Rovira sin rubor alguno que –cita-: “el Gobierno español nos amenazó con muertos en la calle” si seguía el proceso separatista. La afirmación, ni se basa en fuente alguna, ni es confirmada por ningún testigo y carece de cualquier prueba que la avale”. Eso, a menos que la fuente sea Marta Rovira, ¿no? O quizás, la próxima vez –o todas y siempre- con toda normalidad, se publiquen las amenazas del gobierno en el Boletín Oficial del Estado, o en el ABC, si usted lo prefiere. Pues en esa ausencia, lo natural y sabido es que la carga de la prueba sea para el incinerado. Pues, en esos complementos, pudiendo dejar el detalle para otro día, en esa gramática y con el uso que se hace de los verbos en esas pasivas, y sin ir tan lejos, aquí los rebeldes fusilan a los gobiernos legítimos por rebeldes, y, mirando sólo a la esquina, en el golpe de Estado -y en todos los que se han dado-, el de febrero, que encima era invierno, el que daba el golpe, apareció y, por arte de birlibirloque, resultó el salvador de la democracia, que ya es arte. Y la culpa de que te hayan violado Margarita la tienes tú, por no cerrar las piernas y llamarte Margarita.

Mientras, sigue esa triste Bruselas gobernando esa triste Europa.

Para seguir sin querer entender (hasta los ministerios de segunda lo entienden cuando se lo explican tres veces, y ya salen de pregoneros) lo que yo mismo escribí hace días sobre esa pobre Europa –ésa-, no sobre Europa; sobre la Cataluña de hoy y, quizás, la que algún día será, y si no, persistiremos (la que usted y tantos conjugan en pasiva, siendo, sin más –mintiendo-, los sujetos agentes y no el objeto del odio, de esas propagandas y de esa violencia; y de la pobre España, la de siempre, avalada por su ignorancia.

Y sigue incansable con el pitido del siguiente tren que se acerca cumpliendo con su horario: “Avisados están. Que no se quejen, pues, si un día llega a suceder lo que luego, hipócritamente, serían los primeros en condenar” Y, con el ruido y tanto traqueteo, ya condenamos, quedando publicado en el BOE del ‘Xornal’, lamentando la amenaza disfrazada antes en pobre hipocresía, y aquí, en el entrecomillado punto anterior, sin haber podido usted con otro disimulo, mostrarnos -en los actos fallidos que da la autocomplacencia de los necios conjurados- la cara verdadera del discurso, que siempre viene acompañada -y esos son los hechos a lo largo de nuestra Historia- de las pesadumbres del Santo, la Cruz y el palo.

       JOAN LLOPIS TORRES Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.