¡Geltungsbedürfnis! Enigmática palabra que sólo puede descifrarse estudiando códigos alemanes, con la imprescindible serenidad y condición de estar sereno; y aun así…. ¡No hay quién los entienda! Permítaseme dejar en la duda si a los códigos o a los alemanes, que todo -hoy en día y en todas partes-, está por descifrar.

 

Parece ser –imposible pronunciar la palabra después de la tercera copa, según se lee en ‘Una pequeña ciudad en Alemania’ (John le Carré), significa ‘Necesidad de afirmar la propia personalidad’, por lo que -una vez traducida-, ya podemos respirar tranquilos y seguir -sin otros problemas ni tan serios, por delante- bebiendo a gusto, sin tonterías a la vista –siempre aparecerá alguna, pero bebamos-, en el bar de cabecera de cada cual, y según la calderilla patria que lleve cada uno en el bolsillo, tintorro o glenfiddich; ya probaremos desenvueltos, más tarde, otra vez, a pronunciar geltungsbeddürfnis, cuando estemos más cargados; deshinibidos, con la seguridad que da la taberna propia. “Espontáneos estáis”, dice atinado el del bar, un abstemio insoportable. Pero, se defiende “alguien tiene que poner las copas” (lo que hace es llenar los vasos), sin duda como excusa, pues todos sabemos que donde tiene el ojo es en no descontarse con las cuentas, cosa que nadie podría jurar que haya ocurrido jamás; experto en todas las divisas y nacionalidades: “Aquí no se habla inglés, pero aceptamos dólares” -¡Es el hombre más disimulado que conozco!- “Today no credit, come tomorrow”, ¡el muy sinvergüenza!; te deja claro el cartel que cuelga ineludible -como si fuera la Gioconda en el Museo del Louvre, en lugar privilegiado-; existiendo la posibilidad - tan contento vive este hombre-, que quizás sea otro el motivo, pues nadie sabe si es soltero o ha huido su mujer al extranjero. Y ya que estamos de bares y traducciones, Gioconda significa, ambivalente en castellano, alegre; que puede que le diera al vino florentino, que los ojitos sí que los tiene la señora, sí, que tampoco era tan guapa.

Sin embargo, hace ya tiempo, en una vieja ciudad africana, hice amistad con un chef chino, casado con una china que nunca abría la boca, su esposa y ayudante de cocina; sin que se pueda discernir el orden de preponderancia en sus ocupaciones, si era auxiliar de cocina y por fidelidad laboral, esposa, o se inició de esclava; que yo creo que la tenía amenazada y, dicho en claro, le pegaba; lo que ahora, en terminología equivocada, se llama violencia de género, que por lo visto, en China, es obligatoria. Se ignoraba si hablaba inglés, pero tampoco se la oyó nunca hablar en chino ni en ninguna otra lengua, aunque todos le concedíamos -con todo nuestro cariño- la duda de que algo hubiera dicho en todos aquellos años, si la hubieran dejado. Incluso un periodista -mala gente, como todo el mundo sabe, y malpensados-, disertó un día sobre “las pocas posibilidades de que tuviera dientes”, “conociendo al pájaro de su marido y cómo cocina sus asuntos”, dijo. “Pero eso sí” -continuó para acabar- “el pato lo borda”, y -con la inmediata aprobación de todos los presentes-, “igual es ella la cocinera y a él tenemos que cortarle la yugular ahora mismo, con la absolución asegurada” (pura retórica, ¡Cómo si a los periodistas les preocupara la absolución de sus crímenes!)

Ahora trabajan en Australia, y Lucky  -el chino-, me escribe en inglés. Yo le contesto en chino, pues descifrar los códigos no sólo depende de lo que uno beba, ni de la Gioconda aunque adorne, que un poco de cara de absenta sí que tiene, sino que, con el traductor google, arreglado, no le demos más vueltas. Pues, que las escuelas catalanas no enseñen castellano a los niños –ni nada; sin merendar- y acaben como las ayudantes de cocina chinas, sin hablar español, incluso sin hablar catalán, ¡incluso sin hablar!, ¡y quizás sin dientes!, no es motivo de alarma, traductor google (¡plisplás! ¡Oh la la!) y solucionado. Eso, sin contar que –vete a saber- igual las escuelas españolas se vuelven locas y les da por enseñar –además de lo bonitos que son los bailes regionales- catalán a los niños, que eso sí sería grave. Que siempre se está aquí -no allí- ¿no es cierto?, y pocas veces coincide -aunque sea Tumbuctú, sin fractura, descodificado Geltungsbedürfnis- con el centro del universo.
    JOAN LLOPIS TORRES (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.)