EL DEDO DEL REY / JOAN LLOPIS TORRES

06 Octubre 2017 105 votos

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Las leyes regulan la convivencia entre los ciudadanos y deben cumplirse. Eso está claro (En democracia: las que se han dado las ciudadanos a sí mismos; en una dictadura: las que les imponen. No merece que nos extendamos en ello. Sabemos de lo que hablamos. …

Fueron pasando los años –aquellos años anteriores- hasta llegar a la Constitución de 1978, de la que todos sabemos su contenido y en qué condiciones vino al mundo (también todos sabemos cómo nacen las constituciones, como sabemos de aquellos ‘consensos’; y dicho en claro para acabar: ahí está; no insistamos en ello) Eso es así, deben cumplirse todas las regulaciones, sea lo que sea de lo que entiendan cada una de las leyes, es obligatorio (desde el calendario de pescas hasta la misma Constitución. De la que podríamos decir, sin embargo, que cualquiera diría que escribió el mismo Dios con el fuego que le salía del dedo –esperemos que no, pues esas serían su caligrafía y su ortografía, y, no, esperemos que no) Todos aquellos que por esa aceptación consecuente, por ámbito geográfico, nacionalidad y así ‘en extenso’, por el motivo que sea que esas regulaciones les alcanzan, deben cumplirlas sin excepción y con carácter universal. Estamos de acuerdo y estemos contentos por el acuerdo.

 

Incluso un catalán debe cumplir las leyes. Por supuesto debe cumplir la Constitución (sólo faltaría); un catalán sin adjetivos, pero, sin embargo, calificado de abducido, secesionista, terrorista y (como muestra un botón) lo que les ha parecido a la mayoría de los columnistas que me acompañan en esta misma página, hasta llegar a nazi. Bien, con esas nuestras credenciales, poco nos valdrá el argumento. Sobre todo frente a algunos de los presentados a sí mismos como intelectuales (poca broma)

 

Esas normas, pues, de obligado y aceptado cumplimiento, resulta ahora que algunos de los que forman parte de esa geografía que obliga a su cumplimiento, han decidido sencillamente no sentirse sometidos a ellas ni, por tanto, a aquello a lo que obligan (obligaban), ya no se corresponden esas leyes con ninguna obediencia (no encuentran ese eco) El motivo es también entendible: El pueblo catalán quiere vivir con sus propias normas de convivencia. Ese es el tema. Pacífica y dignamente. Una convivencia de abducidos, secesionistas, terroristas, apestados de todas las pestes y nazis; y todas aquellas ‘gracias’ que nos han atribuido esos pensadores, en suma, esos intelectuales (no hemos dicho de pacotilla, que viene a ser de menudeo), y algunos que se dicen de sí mismos ‘escritores’, para elevarse vete a saber el Parnaso, a pesar del bajo nivel de su escritura, sin más texto ni más sentido que sus intenciones y toma de posición con contenidos propios del pedido de la compra; eso sí, apuntan a argumentos históricos, económicos y de todo tipo, que no explican y que ignoran; cuando prometen la explicación al empezar, cuando no aparece en ningún punto, para llegar al final sin cumplir y con insulto, tan sin justificar su pretendida sabiduría como su incomprensible satisfacción (no puede ocultarse la ignorancia). Ignorando nuestra soberanía, tristemente ignoran la suya. Sobre todo ignoran lo irrelevante de sus arrogantes argumentos, que no existen (más que esas leyes que quieren imponer a aquellos que colectivamente -como pueblo- ya no aceptan como norma de convivencia. Ya hemos definido la imposición de las normas por parte de una sociedad a otra (la imposición que dejamos atrás en la última esquina y, para su satisfacción, encontraremos en la siguiente) Pero, el pueblo catalán, cuales sean esas esquinas, cual sea la represión que vaya a sufrir, se ha ido para no volver. ¿Ha visto usted la televisión estos días? ¿Sin prejuicios? Contestémonos seriamente. ¿Qué hemos visto? Queremos otras normas de convivencia. Hay quien todavía hace ver que no lo entiende: aquellos que no lo aceptan. Lo entendemos. Pero lo cierto es que no queremos dejar de ser demócratas, pacíficos, buenas gentes y trabajadores, gente digna, no queremos dejar de ser catalanes (sin adjetivos) ni claudicamos nuestra soberanía, ni pedimos a nadie que deje de ser gallego, andaluz, extremeño, ni vasco, ni deje de ser aquello al que le otorgamos todo el derecho del mundo a ser, y no porque se lo otorguemos nosotros, sino porque ese es su derecho. Manifestamos y defendemos la relevancia de su dignidad: como personas y ciudadanos (no como súbditos) Lo que podríamos preguntar es: ¿Por qué nos llamáis nazis? Podríais llamarnos franquistas que queda más cerca aquí al lado en el calendario de la historia, y –para muchos- en vuestras propias casas. Lo cierto es que nuestra lengua materna no es la vuestra –la de muchos de vosotros (quede margen para los españoles de pro, que también algunos catalanes nos sabemos a Quevedo, aun citando al Duque de Rivas), pero no nos referimos aquí al castellano o al catalán, nos referimos a los significados, a la concepción de la vida, a los valores distintos que nos identifican. Como tantos pueblos dignos y soberanos hay en España (aquí hablamos de los represores, ya se entiende, no nos referimos a los pueblos hermanos). Valga el ejemplo de que en Cataluña cuando un policía (justificando yo al policía; no esperábamos otra cosa de ellos; no es suya la culpa, si les dan una porra, para qué va a ser, sino para, obedeciendo, darle a alguien con ella), cuando un policía le pega a un ciudadano, nosotros vemos a un policía que pega a un ciudadano, no vemos a un ciudadano con la porra que no lleva, pegando a un policía (en Cataluña la gente no vamos con porra por la calle) En Cataluña, el mentiroso es el que miente; no llamamos mentiroso a aquel de quien estamos mintiendo. Esa es nuestra diferencia de lengua y de país.

 

Así –esa es la manifestación del pueblo catalán-, ahora, en aplicación de esas leyes que ya no son las nuestras, nos reprimiréis con el derecho a la fuerza que os otorgan esas leyes (esa ley que ya no es nuestra). Cuando el pueblo catalán ya no reconoce ni esas leyes ni ese derecho. Así se entenderá lo que va a ocurrir en los próximos días, la vuelta atrás a aquellas tristes esquinas, con la misma inversión del lenguaje, la dictadura ahora, será llamada democracia (como ayer), y los demócratas, serán llamados dictadores (como hoy), y lo que vosotros queráis asumiremos, que para eso tenéis las porras con las que nosotros nos pegamos a nosotros mismos (pero no subyugaréis ninguna dignidad ni ninguna verdadera libertad (de nadie) que es la libertad de las conciencias, ni convenceréis a nadie más que a vosotros mismos) Para acabar viendo al rey por la televisión –como si fuera alguien- señalándonos con el dedo con el que se escriben las constituciones en España y se señala a los súbditos.