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cid ii 15ea13fdc35bcce2El Gobierno de España (ignorando de donde proviene el poder de gobernar, el otorgado por el pueblo como único titular de la soberanía ‘para que gobierne’, no para que ‘le’ gobiernen (y no olvide quien gobierne, la procedencia de ese poder) -en la acepción absoluta del término y sin haber otra aquí, aun las interesadas semánticas de los redactores de la Constitución de 1978; que ahora dice…

 

(Ver: ‘Las carabelas salieron del sur de Coruña, la virtud de María Cristina y la soberanía de Cataluña’ en este mismo ‘Xornal de Galicia’), pues entraría en contradicción con la misma definición de soberanía: "Autoridad en la que reside el poder político", o "Gobierno propio de un pueblo o nación en oposición al gobierno impuesto por otro pueblo o nación"), en identidad y representación del Estado español, de manera grave y con consecuencias irreparables por los hechos que están sucediendo en Cataluña (El pueblo de Cataluña, pacíficamente, no regresará a ninguna concordia institucional con España, más que a través de aquellos que falsamente le suplanten en las instituciones -haciendo sus veces-, que es lo que ocurrirá como una de las dos opciones posibles: La independencia -incluidos los acuerdos de relación mutua que ambas partes, en ese supuesto, decidan-, o el sometimiento. Esta es la consecuencia del error histórico cometido por la derecha española y la monarquía –no sirve aquí decir que el rey no gobierna, a la luz del reinado de Juan Carlos I-, con la burla a todos los españoles -con la burla a su soberanía-, instrumentalizando la derecha española la Constitución, donde hace residir los derechos perdidos del pueblo español, hipócritamente, en nombre del mismo pueblo; y ello, escudándose en el todo, sin querer escuchar a una parte –Se podrá decir -incluso convencer-, que se actúa contra las intenciones del pueblo catalán de expresar su voluntad con argumentos irrefutablemente legales, pero a nadie se le podrá decir ni convencer que se actúa contra las intenciones del pueblo catalán a expresar su voluntad con argumentos –no ya irrefutables, sino siquiera en apariencia- democráticos. Esa apariencia es el engaño reiterado, ahora hecho manifiesto a aquellos que quieran entender más allá de prejuicios o juicios desde una posición determinada, no abierta a intentar comprender el pensar y los sentimientos de otras personas (que a la inversa, son ellos mismos), aun la persistencia en ese argumento de legalidad, y que, por el derecho de todos, se cercena el derecho de una parte) – con la Guardia Civil habillada con chalecos antibala para registrar oficinas y practicar detenciones de –también- representantes políticos del pueblo catalán (en nombre de la autoridad del Gobierno, contra aquellos que persistiendo pacíficos, confiadamente han otorgado representación, que no dada en propiedad, a quienes mal entendiendo la democracia o, ahora, como antes algunos ya sabíamos, simplemente, no son demócratas. No lo son, más que en la política de ficción e interesada que practican); todo en un espectáculo con varios escenarios, como el abandono del Parlamento de todos los grupos catalanes con representación en las Cortes españolas, permaneciendo los otros grupos en defensa de lo que representan la derechas españolas , salvo la parlamentaria y estratégica manifestación del grupo socialista no secundando la unanimidad pretendida por otra derecha que dice viene a regenerar a la misma derecha de la que forma parte, pero no respetando en Cataluña las mayorías parlamentarias que pretende en el Parlamento español– Derechas que no necesitan ninguna definición coyuntural -pues cual sea y haya sido el devenir histórico de España configurada, por poner una fecha aleatoria, sin embargo indicativa, con la instauración y reinados de la dinastía borbónica, hecha y sostenida por esas derechas, dichas aquí en concepto amplio (incluyendo todos sus componentes sociales e institucionales), como patrimonialistas de la soberanía, resguardados en la mal redactada Constitución con la finalidad de instrumentalizar la soberanía y mal interpretar interesadamente el otorgado poder de las instituciones y del Estado, perpetuando en ataduras bien atadas, una sutil dictadura con maneras y apariencia democrática (con partidos políticos vergonzosamente a sueldo del Estado, por tanto definiendo una democracia parlamentaria de partidos, olvidado al pueblo otra vez, que no elige a sus representantes sino a las siglas que se le ofrecen), hasta que, hoy mismo, no han sabido o podido, dadas las actuales circunstancias, disimular su condición, más que arropados en esa Constitución, olvidando, de nuevo, el derecho de las personas, sean una o las que sean. En las últimas décadas de apariencia democrática, denunciada por muchos que no participamos de pesebres políticos, ni aceptamos en su día como clave política de futuro la llamada Transición, no queríamos otra cosa que la ruptura con la vergüenza acumulada por siglos y finalmente con la vergüenza de la miserable Dictadura franquista, precisamente por saber de la auténtica esencia de esa derecha española, que no es otra que la de siempre, la de sus prerrogativas y control de los resortes del Estado cual sea el precio que tenga que pagar el pueblo español tanto en cuestiones sociales, de derechos y dignidad como ciudadanos y como mismo pueblo (en silencio ejemplar, los militares; que no la ministra de defensa, que forma parte de esa misma derecha arrogante y paternalista del empequeñecido pueblo español, que es en todo y por tanto en parte, hasta llegar a la individualidad de una sola persona, titular de sus derechos, como el de expresión y manifestación y propietaria de los derechos de la persona.

 

Incluso el Gobierno, claramente inoperante en recursos políticos, siquiera ha tenido, siguiendo en ese fingido argumento y en el mismo escenario, la valentía -viéndose al descubierto del uso instrumental de la Constitución, y sólo eso-, el valor de asumir el gobierno de Cataluña, como de hecho está haciendo vergonzosamente por la puerta de atrás de la Constitución, con la excusa, dice, de la proporcionalidad. Usando todos los instrumentos del Estado –todos, excepto aquellos que por su naturaleza le corresponden, los políticos- Pero ello, sería usar los instrumentos de la Democracia, las urnas y el voto; esa es la servidumbre y grandeza de la democracia, o dicho de mejor manera, incluso de manera más comprensible, el respeto a la gente. El Gobierno de España y la Monarquía española, prefieren este espectáculo de juzgados, fiscales, guardias civiles y policías en las calles y en las instituciones de Cataluña, a ver a ciudadanos manifestando sus deseos votando en las urnas. Y ello, en nombre de la legalidad, sin entender la preponderancia democrática de un hecho frente al otro. Un espectáculo tremendo, con un guión de mucha trascendencia del que ningún actor ni institución saldrá indemne -ni vencedor esta vez-, sino con vergüenza para el Gobierno, vergüenza para aquellos que en ese argumento de apariencias democráticas aplauden la representación, poco favor al nuevo Jefe del Estado, mal inicio para el recién e inaugurado reinado de Felipe VI, y vergüenza de todos ante la resonancia de la obra, las instituciones como autoras y todos los actores participantes por su representación, frente a los mismos españoles y ante el juicio de todas las instancias públicas y sociedad internacionales –no sólo de las manifestaciones de dirigentes de instituciones europeas que para la Historia y para el relato de lo que está ocurriendo, excepto para su arrogancia, resultarán totalmente irrelevantes- un público, todos pues sin excepción, inmersos en esa vergüenza por no haber sabido hacerlo mejor.

 

Cuando una sociedad avanzada como la catalana –después de ver cercenada sus aspiraciones políticas en aquel Estatuto que fue preterido a la irrelevancia, después de haber sido definido como compendio de las aspiraciones soberanas del pueblo de Cataluña, que habiendo sido aceptado por la totalidad de la soberanía española en el Parlamento español, fue rechazado el Estatuto y con él rechazadas todas esas aspiraciones, ahora, el pueblo de Cataluña, no soportando el drama ni el guión más ficción, en este último acto, ha visto a los actores de esa ficción –a todos ellos y ellos mismos-, sucumbir a la realidad de quienes son, aunque persistan -que persistirán- en esa ficción de papel, pero en ninguna democracia, o para ser más claro, sean una o las que sean, en ningún respeto a las personas.

 

JOAN LLOPIS TORRES (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.)