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Por Antonio José Parafita Fraga, escritor y comentarista de temas sociales y políticos.

 

Del Blog VERBO SUELTO del autor, cuyo enlace es verbosuelto.blogspot.com.

 

 

CIMG21152La reflexión sociopolítica propiamente dicha, referida al título y subtítulo de este artículo, la encontrará el lector después de los párrafos prologales. El comentarista explica que tal estructuración fue debida a que quiso partir de la contraposición entre dos formas de entender la política y de llevarla a la práctica, plasmadas en sus respectivas obras, como fueron la del filósofo y tratadista italiano, Nicolás Maquiavelo, en los albores del siglo XVI y la del insigne pensador español, Jaime Balmes, en los inicios del XIX, tan distanciados ideológicamente como los tres siglos que les separan en el tiempo. Huelga decir que tanto El Príncipe de Maquiavelo como El Criterio de Balmes figuran con toda seguridad en los anaqueles de las librerías personales de quienes tengan un elevado grado de interés por el saber cultural, el cultivo del intelecto y el devenir histórico del pensamiento social y político de Europa.

 

El autor, trae a colación a estos dos reconocidos y reputados personajes por ser precisamente exponentes del pensamiento político europeo desde la edad moderna hasta nuestros días, que, aunque ideológicamente son antagónicos, sin embargo puede establecerse entre ellos un cierto parangón debido a la concomitancia de algunas similitudes y analogías, como, por ejemplo, la de que ambos sobresalieron por su excepcional erudición. No obstante, deben subrayarse las diferencias metodológicas con respecto al modo de conseguir determinados fines u objetivos, puesto que para el primero el fin puede justificar los medios en algunas ocasiones y, en cambio, no fue así en el caso del segundo.

 

Por consideración hacia el versado lector, a buen seguro ávido de satisfacer curiosidades sociales, políticas y culturales, el articulista reproduce aspectos sustantivos de las obras maestras de estos dos artífices del movimiento político euroccidental. De la del Príncipe, escrita por el propio Nicolás Maquiavelo desde la cárcel, se extrae y destaca la recomendación que hace a los dirigentes políticos con respecto a que en sus actuaciones públicas han de ser astutos y sagaces. En síntesis, hay que señalar que en realidad Maquiavelo escribió un verdadero tratado sobre el arte de ejercer la política; el método de conquistar los principados, así como el modo práctico de gobernarlos y mantenerlos. Por lo demás, en dicho tratado establecía que el buen príncipe o gobernante ha de ser virtuoso y afortunado.

 

Asimismo, resulta sorprendente y a la vez curioso constatar que personalidades históricamente tan relevantes como Benito Mussolini, Napoleón Bonaparte o Voltaire hayan tomado buena nota de este clásico de la literatura universal. Según Maquiavelo, de los hombres en general puede decirse que son ingratos, volubles, simulan lo que no son y disimulan lo que son, huyen del peligro y están deseosos de riquezas. Además, añadía, un hombre que quiere ser bueno entre tantos que no lo son, labrará su propia ruina y que los hombres ofenden antes al que aman que al que temen, sin olvidar otras frases suyas, como que vale más hacer y arrepentirse, que no hacer y arrepentirse. Asimismo, asevera que todos ven lo que aparentas, pero pocos advierten lo que eres. Y, por último, se recuerda aquel maquiavélico consejo a propósito de la conveniencia de ser zorro para conocer las trampas y león para espantar a los lobos.

 

Del Criterio de Jaime Balmes, se extractan algunas de sus luminosas y magistrales ideas, como las relacionadas con saber en qué consiste el pensar bien y qué es la verdad. El pensar bien consiste o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas, dice Balmes. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte, caemos en error. Conociendo que la variedad de las estaciones depende del Sol, conocemos una verdad, porque, en efecto, así es; conociendo que el respeto a los padres, la obediencia a las leyes, la buena fe en los contratos, la fidelidad con los amigos, que son virtudes, conocemos la verdad. Y advierte que caeríamos en error pensando que la perfidia, la ingratitud, la injusticia, la destemplanza, son cosas buenas y laudables.

 

En consecuencia, si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. Y de manera un tanto categórica formula una pregunta: de qué sirve discurrir con sutileza o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad. Al respecto, Balmes alecciona con el ejemplo que sigue: un sencillo labrador, un modesto artesano, que conocen bien los objetos de su profesión, piensan y hablan mejor sobre ellos que un presuntuoso filósofo, que, con encumbrados conceptos y altisonantes palabras, quiere darles lecciones sobre lo que no entiende. Y en cuanto a los modos de conocer la verdad es importante destacar que, a veces, conocemos la verdad, pero de un modo grosero, ya que la realidad no se presenta a nuestros ojos tal como es, sino con alguna falta, añadidura o mudanza.

 

Tras las pinceladas preliminares de los citados ideólogos, el analista pretende ofrecer sólo una síntesis reflexiva de las contingencias políticas acaecidas en España y allende sus fronteras, dado que los hipotéticos lectores no abrigan demasiadas dudas sobre la valoración que merecen las actitudes y comportamientos de los dirigentes políticos en general, aparte de los españoles. No siempre se puede afirmar con rigor y objetividad que los ciudadanos actuales se comporten como una masa acrítica ni que estén en los estertores de los movimientos sociales y políticos, como el del 15 M. Y esto, porque sencillamente hay que tener en cuenta que a nuevos tiempos corresponden nuevas formas de expresión de las inquietudes individuales y colectivas. No obstante, tampoco se puede negar ni olvidar que las convulsas revueltas sociales del pasado reciente, dieron paso al resurgimiento de los exacerbados nacionalismos de corte radical y a que emergieran en prácticamente todo el mundo occidental los perniciosos nuevos populismos caudillistas y los totalitarismos antisistema de nuevo cuño.

 

Cierto es que las causas de estas derivas sociales y políticas fueron multifactoriales, pero deben de ser señaladas y remarcadas especialmente aquellas que más detesta la sociedad, como son, entre otras, la ausencia de auténticos líderes políticos y sociales dentro y fuera de España, como de igual modo la de hombres de Estado, como en tiempos pretéritos. Actualmente quienes están al frente de los destinos de los pueblos sólo son merecedores de la denominación de simples dirigentes políticos, sindicales y sociales. Así pues, se echan en falta estadistas de la talla sociopolítica y autoridad moral, como lo fueron inequívocamente los españoles Adolfo Suárez González, Manuel Fraga Iribarne, Felipe González Márquez, Santiago Carrillo Solares, Nicolás Redondo Urbieta, Marcelino Camacho Abad, y otros no menos notables en sus correspondientes ámbitos.

 

Un segundo factor relevante, tuvo y sigue teniendo como epicentro los casos de corrupción casi generalizada, puesto que se extendió por todo el territorio español, de norte a sur y de este a oeste, haciendo tambalear los pilares básicos del propio sistema democrático y dejando afectadas y con limitado resuello las principales instituciones del Estado. Sin embargo, no se puede afirmar con rigor que España sea un país corrupto; no menos importante y trascendente, por su repercusión en la credibilidad de los ciudadanos y en sus garantías jurídicas, fue la politización de la Justicia y la judicialización de la política, hecho que pone en tela de juicio y cuestiona la separación de poderes, a la vez que propició tanto el debilitamiento del Estado de Derecho como el menoscabo de la fortaleza de la democracia de este país, España.

 

Por lo demás, las organizaciones políticas emergentes contribuyeron a liquidar el bipartidismo imperante, presentándose en sociedad como los nuevos partidos anticasta y abanderados de de la regeneración política y democrática. Pero, sorprendentemente pronto terminaron integrándose en la que ellos denominaban de modo despectivo la casta, fueron y son corresponsables en buena medida de algunas confrontaciones y fracturas sociales producidas, así como de que la sociedad española está presa de miedos infundidos y dividida por los odios que han inoculado en ella los detractores del actual sistema social y político español.

 

Este analista de temas sociales y políticos, entiende como una obviedad que algunos partidos políticos y sus actuales dirigentes se han instalado en la mediocridad y la desidia en cuanto al compromiso de ejercer la política como un servicio a la sociedad, salvo contadas y honrosas excepciones. Un número indeterminado de electos y gobernantes no plantean sus actuaciones a favor del bien general del pueblo sino que más bien las orientan a la consecución del poder y la confortabilidad al precio que sea y por cualesquiera medios, siguiendo la estela doctrinal de Maquiavelo y al más puro estilo antidemocrático, porque sistemáticamente hacen propuestas en contra de quienes detentan el poder con legalidad y ostentan el gobierno con la legitimidad democrática de las urnas.

 

Lamentablemente, y con frecuencia, así se hace política en España, y en gran parte de Europa, lo que favoreció la radicalización de los nacionalismos, dando lugar en el caso español a la efervescente excitación del separatismo independentista catalán. Por similares motivos, aparecieron en la escena política española y europea las organizaciones sociopolíticas de extrema izquierda y derecha, encarnando el nuevo populismo presente en la mayoría de los países de la parte occidental del planeta, de carácter rupturista y cuya principal seña de identidad es el totalitarismo, encubierto o camuflado bajo el pseudodemocrático modo de hacer política mediante la demagógica estrategia del asamblearismo y el no menos falaz y astuto artificio de pretender hacer cómplices a los ciudadanos de sus aviesas actuaciones, dándoles una participación que no les concierne ni atañe, pero que, con frecuencia, estos dirigentes utilizan hábilmente como coartada para diluir, y hasta en ocasiones eludir, las responsabilidades que sólo a ellos competen y que, en su momento, les fueron encomendadas por la propia ciudadanía. En consecuencia, no valen los subterfugios y artimañas para justificar incumplimientos electorales.

 

Los nuevos tiempos vienen marcados, además, porque el poder no siempre se ejerce en función del bien común de la sociedad sino de espurios e inconfesables intereses de personas y grupos. Pero continuando con el análisis crítico valorativo de la acción política de partidos, dirigentes y gobernantes actuales, es fácilmente constatable que los desatinos e incoherencias no afectan de igual modo ni en el mismo grado a todos los partidos y a sus dirigentes, por lo que este comentarista desecha el clásico y trivial tópico de la generalización, así como la frívola idea de que todos son iguales o están cortados por el mismo patrón axiológico. En este artículo se da por sobrentendido que en general los posibles lectores están al corriente, a través de los distintos medios de comunicación que manejan, de los casos de desatinos o despropósitos cometidos por políticos de diverso pelaje ideológico y distinta adscripción política, así como también conocen sus múltiples y reiteradas incoherencias.

 

Ningún español ignora a estas alturas, el chasco que supusieron los llamados alcaldes del cambio y sus gobiernos, vinculados a Podemos y sus confluencias, como fueron y son los de Barcelona, Madrid, Valencia, Zaragoza, Cádiz, A Coruña, Santiago de Compostela, Ferrol, y otros ayuntamientos de menor entidad poblacional. Entre otras razones, porque no asumen en plenitud las funciones de regidores y representantes de todos los ciudadanos del municipio al margen de las creencias religiosas que tengan y de las ideologías políticas que profesen. Resultan antológicas, por extemporáneas y trasnochadas, sus actitudes claramente sectarias y anticlericales, por poner sólo un ejemplo.

 

Y, finalmente, no son pocos los ciudadanos que reprochan a los gobernantes el estatismo, la pasividad y la indolencia frente a algunas complejas, delicadas y sensibles materias y situaciones en las que se encuentran muchos ciudadanos, a la vez que censuran sus claudicaciones políticas, las cobardías morales y las inhibiciones sociales. En todo caso, el reproche moral y la reprobación sociopolítica tienen como trasfondo la sensación de abandono que perciben los parados en España, los ocupados con empleos precarios, quienes están siendo víctimas de los desequilibrios y desigualdades socioeconómicas, sin olvidar el numeroso colectivo de discapacitados, enfermos crónicos, dependientes y personas mayores.

 

Todo lo apuntado anteriormente, en modo alguno significa, a criterio de este comentarista, que el actual Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy Brey, pueda y deba ser comparado con el resto de dirigentes políticos españoles, tales como Pedro Sánchez Pérez-Castejón, Alberto Carlos Rivera Díaz y Pablo Manuel Iglesias Turrión, por la experiencia política acumulada a lo largo de muchos años y de los cargos desempeñados en los diferentes ámbitos de la administración del Estado: Y asimismo, por su especial temple, sentido de la mesura y ponderación, cualidades y actitudes que deben caracterizar a un político que tenga visión de hombre de Estado y que, además, haya tenido y siga teniendo la capacidad de anteponer los intereses de España a los personales y del propio partido de preside.

 

Y ello, a pesar de los errores de distinto signo cometidos durante su mandato. Pero, en cualquier caso, Mariano Rajoy Brey está en la Moncloa porque viene ganando elección tras elección y los otros están en la oposición porque fueron y son los perdedores. Y en el epílogo de esta reflexión su autor quiere destacar que los planteamientos de todos contra el Partido Popular y contra Mariano Rajoy Brey es la antítesis de la verdadera política democrática o la antipolítica, de suerte que practicarla en términos de acoso y derribo, así como de vetos y cordones sanitarios al Partido mayoritario de este país, constituye un error de apreciación política de consecuencias más que previsibles para quienes la lleven a cabo. Los gobiernos en democracia se tumban en las urnas y no mediante alevosos complots e infames apaños en los despachos.

 


 

Por Antonio José Parafita Fraga, escritor y comentarista de temas sociales y políticos.

 


 

Del Blog VERBO SUELTO del autor, cuyo enlace es verbosuerte.blogspot.com

 


 

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